sábado, 15 de septiembre de 2012

Del Cero Al Paraíso


Termina la temporada inaugural de "Imitación A La Vida".
Aprovecho los tres meses alcanzados y me tomo unas breves vacaciones de la publicación bloguera. ¿Por qué? Necesito preparar y estudiar exhaustivamente un examen muy importante y, por ello, he de dedicarle todo mi tiempo. De vacaciones en sentido estricto, tendré muy poco.
La fecha prevista para el retorno del blog es el lunes 15 de octubre. Dentro de un mes, por tanto, nos vemos otra vez por aquí.
Estoy terriblemente satisfecho de lo vivido y escrito durante esta 'temporada cero' del blog, me llevo las mejores sensaciones de todas y cada una de las secciones y ya tengo muchas ganas de que llegue ese 15 de octubre cuanto antes.
Hasta entonces, nos leemos en Facebook y, cada sábado, en mi post semanal de Cinemaseries.

Un beso para todos, mis imitadores a la vida.

JM.

viernes, 14 de septiembre de 2012

"Romeo + Julieta"


Baz Luhrmann se revelaba como cineasta controvertido, omnipotente y digno de atender gracias a su personalísima mirada a la historia de amor más famosa de todos los tiempos.
Era 1996, y "Romeo + Julieta" se alineaba en una moda cinematográfica, que había revisado, a todo lujo, clásicos literarios como "Drácula", "Mujercitas" o "Frankenstein". 
El resultado de todas esas adaptaciones - unas más afortunadas que otras - supuso, en general, un paso adelante en la interpretación literaria a través del cine y también en la comunicación de los grandes títulos a las nuevas generaciones.


"Romeo + Julieta" irrumpió como la más provocadora, despojándose de la escenografía original de la obra de William Shakespeare. 
Verona era ahora Verona Beach, una versión grotesca de la contemporánea ciudad de Los Angeles, y los Montescos y los Capuletos se comportaban como bandas rivales que no portaban espadas, sino pistolones grabados con iconografía de la Virgen. 
Tanto la banda sonora como el montaje hicieron que los críticos escribiesen, de manera unánime, que esta película era un Shakespeare dedicado especialmente a la generación que creció con la MTV puesta.

Los Montesco

No hay duda de que el montaje es estrella, mientras el suntuoso y ecléctico diseño de producción se mueve entre lo sublime y lo kitsch, sin que pueda diferenciarse en última instancia, tal y como sucede en los vídeoclips.
Pero el "Romeo + Julieta" luhrmanniano no es sólo MTV; es un conglomerado de fascinaciones, donde se inserta toda la Historia del audiovisual. 
Como el "Drácula" coppoliano, acepta sin complejos su condición de supremo pastiche.

John Leguizamo como Tybalt Capuleto

El contraste entre la escenografía sincrética y los diálogos originales se revela chirriante, desconcertante a un primer oído, a un primer vistazo.
Se impone la pregunta en la escena de apertura: ¿Se está riendo Luhrmann de la obra de Shakespeare? 
Las intenciones del director se desvelan pronto en un estimulante juego que contextualiza y descontextualiza lo narrado.

Harold Perrineau y Leonardo DiCaprio como Mercucio y Romeo

A la manera de Douglas Sirk y como buen epítome de lo posmoderno, Baz Luhrmann establece un espejo entre el contenido y el estilo. 
El amor se escribe en letras de Coca-Cola, pero, a la vez, aparece transparente y sincero en la intimidad de los protagonistas. 
Y también como Sirk, Luhrmann podrá parodiar lo que está contando, pero, a la vez, se compromete fuertemente con ello, lo enaltece. 


El resonar de la tragedia sigue presente entre el pastiche. Y se potencia gracias a él. 
Lo delicado de las miradas y caricias de los tortolitos irrumpe con mayor sensualidad y efecto en medio de los disfraces, los decorados, las canciones pop, la sensación general de disparate. 
Luhrmann halla la verdad romántica dentro de su pasarela de lo camp, encontrándose con el teatro del Bardo a través de su propia teatralidad.
Es por ello, que esta "Romeo + Julieta" sea, inesperadamente, la versión cinematográfica más poderosa de todas las que se han hecho sobre esa pieza de Shakespeare.

Claire Danes como Julieta

"Romeo + Julieta" no fue la primera película en devastar un mito literario para reconstruirlo - recordemos, por ejemplo, "El Fantasma del Paraíso" -, pero sí fue la primera vestida de superproducción hollywoodiense, que alcanzó un gran éxito y no pidió perdón por la presunta blasfemia.
Porque, en esencia, la blasfemia no es tal, en cuanto el espíritu es el mismo y la fidelidad al argumento original se observa mayor de la que se esperaría de cualquier transgresión.
Ahí está la lucha entre los sentimientos nobles y negativos, entre la violencia y el amor, entre la venganza y la conciliación; el mundo de lo irracional, que media las luchas y construye la vida de los seres humanos, desde sus lazos familiares hasta los trágicos accidentes de la existencia.
El amor juvenil e inconsciente de Romeo y Julieta traerá la paz, pero no sin antes pagar el más trágico de los precios.

El juguete del destino

Decía cierto cronista, con mucha sabiduría, que lo esencial para adaptar al Bardo reside en la dirección y los actores protagonistas. Y que "Romeo + Julieta" cumplía ese requisito.
Sin duda, las interpretaciones de Claire Danes y Leonardo DiCaprio, a los que se intuye escrupulosamente guiados por Luhrmann, son la llave de la repercusión emocional que tuvo y mantiene esta película.


¿Es esta obra el fruto de un director que no tiene vergüenza ninguna? 
Diríase mejor que "Romeo + Julieta" es el ejemplo de un director que no tiene miedo a comunicar su universo. Y, al menos en esta ocasión, lo hizo de manera impecable.


El tiempo ha hecho que "Romeo + Julieta" no resulte tan mareante como en 1996, ni tampoco tan irreverente como sus partidarios señalaron entonces. 
Digamos que ha perdido su capacidad de irritación, tanto para bien como para mal.


En cambio, sí se conserva imaginativa y terriblemente hermosa, con ese halo de distinción que se alcanza a la par que la condición de clásico.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Michael Fassbender


Es el furor que no cesa.
¿Qué tiene Fassbender que tanto nos gusta? ¿Qué tiene Fassbender que nos gusta más cada día? 
Los ajenos al fenómeno Fass se sentirán intrigados. No tiene el mejor cuerpo, dirán unos. No es el mejor actor de todos los tiempos, indicarán los de más allá.
Todos pensando qué tiene Michael Fassbender que lo hace tan espectacular. Pobres desgraciados.


El año pasado, entre "X-Men: First Class" y "Shame", se comentaba que era notorio el tiempo que había transcurrido antes de encontrar y consagrar a Michael Fassbender, el mismo que llevaba diez años deambulando por Hollywood.
¿Cómo podía haber pasado desapercibido por los expertos cazadores de la Meca del Cine? Michael siempre tuvo físico, carisma, talento, star quality. Una ración de cada, más una mezcla explosiva de elegancia y fiereza.
Aparecía en muchas películas y series, pero nadie se enteró de la potencia del artefacto Fassbender hasta ayer. Quizá ni él mismo lo sabía. Pero tarde fue nunca. 
El año pasado, el rumor se extendía como la pólvora: Ha nacido una estrella.


En cuestión de un segundo, el murmullo en torno a su nombre se ha intensificado hasta convertirlo en el actor que más trabaja y trabajará en el tiempo venidero. 
Sus proyectos se diversifican bajo el sino de lo prolífico, buscando entre las grandes maquinarias de Hollywood, intuyendo los buenos papeles en películas pequeñas e incluso interesándose por la producción.


Ha llegado a ese lugar del camino donde ya se le considera lo mejor de la película donde interviene, léase "Prometheus", por ejemplo.
Ese privilegio de ser impecable hasta en el peor empeño es lo que siempre ha determinado un puesto en la constelación del cine.


Porque Fassbender lo que tiene es cine. 
Es rojo, como el color más cinematográfico que existe. 
Y mira a cámara como si la devorara, con sus facciones marcadas, su mirada profunda, un tanto animal, y su voz abrigadora y acuchillante a un tiempo. 


Fassbender es sexy, como las imágenes del celuloide. Se pasea en estrenos, ríe con todos los dientes, se viste de traje, se desnuda. 


Y, a pesar de la polla, a pesar de lo bueno que está, puede trascender la imagen y ofrecer personajes desgarradores para películas desgarradoras.


Fassbender no será el mejor actor, no será el más guapo, no tendrá el mejor cuerpo. 
¿O sí? Desde luego lo parece. A cada momento, en cada imagen. Una foto nueva lo recoge más favorecido que la anterior. 
Somos adicto a sus fotos, al misterio que encierran. Ese insospechado It que conquista el corazón de los públicos.


Dure o no dure, prospere o perezca por el camino, dentro de muchos años recordaremos estos años y Michael Fassbender, el actor, la imagen, el hombre deseado, será parte de la imaginería evocada.


Es el súper pelirrojo, the Fass, el Fassbie, el germano-irlandés, el maldito bastardo, la nota de color, el Maromo del Año, el suspiro inmediato, el corta respiraciones, el alegra lunes, la estrella masculina de la crisis o la definitiva razón para ir al cine, sea para ver su pene, sea para verlo entero. 


Deseo transferido, perfección buscada, amor de los públicos ¿qué tiene Michael Fassbender?


¡Que es genial y está buenísimo, joder!

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Lucky In Love

 

Esta tarde, me caí de culo.
Juro que no había bebido ni una gota de alcohol, por si alguien se lo está preguntando. 
Fue una caída de las tontas. Me levanté de la silla giratoria un instante, ésta se movió y, cuando fui a sentarme, ¡al suelo con todo el equipo!
Una caída tonta. Tan tonta que, por su imprevisión, me hizo quedarme quieto unos segundos, dolorido, ahí tirado, mirando a todos lados, sin entender la situación, incluso preguntándome si seguía vivo. 



¡Asesina!

Podría haber dicho perfectamente:
- ¡Esto es culpa de la crisis!
En cambio, miré a cámara y dije:
- Si me hubiese muerto ahora, ¿mi vida habría sido sólo una imitación a la vida? Sin amor, ya sabes...
Hace unas semanas escribí que, de todos los hombres con los que había estado, ninguno me había resultado realmente interesante. Como buen dramático, fue una exageración. Claro que me han interesado algunos.
Podrían contarse con los dedos de una mano, porque el amor, sus derivados, sus posibilidades, sus sucédaneos, sus aperitivos, sus sís pero no; todo lo conjugable tiene el sello de lo excepcional.


Nunca he tenido suerte. Como cantaría Judy Garland, ni siquiera he saltado al juego. He tenido historias, principios, imitaciones de relaciones, pero nada que haya prosperado.
El coro, que me escucha en este escenario de mi imaginación, se revuelve, hace uuuuh, pregunta porqué.
- No lo sé, no soy afortunado sentimentalmente.
- Ten paciencia, deja de buscar, el tuyo te está esperando. 
Qué coro tan entrañable. Seamos sinceros: hay gente que nunca encuentra la realización romántica y, tal vez, yo sea uno de ellos. 
Como he dicho, es cuestión de suerte. 
Existen horrores que tienen novio, y existen encantos que debemos contemplarnos en el espejo y, como Barbra Streisand, decirnos:
- Hello, gorgeous!

Barbra Streisand en "Funny Girl"

Muchas veces he pensado si necesito amor real o estoy enamorado del amor épico que he visto en las películas. 
Es decir, si el primero me saciará lo suficiente para olvidar todas esas historias que he sentido tantísimo en el cine. El amor como asegurador de trascendencias, el que se realiza o muere, pero siempre va asociado a la palabra Fin. 
Según el amor que he visto en amigos y conocidos, hay muchos finales, muchas amarguras, muchas desazones. 
He sido testigo de cada historia que, en ocasiones, se me han quitado las ganas de aventurarme en semejantes cerros de orgullos, celos, cadenas de rutina y portazos de frustración.

Elizabeth Taylor y Richard Burton

En cualquier caso, debe ser bonito mientras dura. Y más si perdura, más si es bueno. 
En los últimos tiempos, dos de mis lectoras se han casado con sus respectivos galanes y han puesto las fotos en el Facebook. Se las veía con una felicidad tan profunda, tan serena. No sonaban violines como en el amor del cine, pero era igual de hermoso: un momento donde todo funciona.
¿Lo conseguiré alguna vez o tendré que asumir mi proverbial papel de honroso espectador de los amoríos de otros?


El coro, ansioso, vuelve a preguntar:
- ¿Por qué, señor Montez, no tiene usted suerte en el amor? ¿Hubo alguna noche en la que pensó que mañana lo tendría?

June Allyson y Peter Lawford en "Good News"

En tantos años como seductor - o putón verbenero, para ser exactos -, podríamos establecer tres dormitorios, tres caballeros, tres momentos de amor o de su imitación, tres promesas. 
Al primer caballero lo llamaremos Platónico. 
Platónico se está poniendo el pantalón para marcharse, me mira un instante y me dice lo cansado que está. Tengo veinte años y creo verdaderamente que es el hombre de mi vida. Me da su teléfono, me asegura que se lo ha pasado muy bien, se va. 
Yo miro a cámara:
- Ahora no lo sé. Pero nunca más volveré a acostarme con él. Sufriré mucho, como si estuviese envenenado, y jamás lo olvidaré, porque es el primero, el que me sedujo, el que parecía más inteligente que los otros. Tan guapo, tan adecuado. Me enamoraré de la idea, pensaré en todas las cosas que haremos juntos, planearé nuestra vida. Él no me corresponderá, pero sí me permitirá conocerlo y saber que el amor platónico es la sombra del filosófo en la caverna. Sabré que este tío es un capullo, un guarro, un infeliz y he tenido suerte de que no tuviera ganas de empezar ninguna clase de relación conmigo.

Cupido no trabaja hoy

El segundo se llama el Pianista. Me mira, me toca, dice que mi rodilla es suya, que mi cuello es suyo, que soy suyo, que soy perfecto, que soy precioso, qué precioso.
Miro a cámara y respiro profundamente:
- Han pasado casi diez años desde el Platónico. Toda una vida. El Pìanista es lo más cerca que he estado y, a la vez, lo más lejos. Me presenta a sus amigos como su novio, me lleva a la sierra, me promete hasta que se va a casar conmigo. Es el más interesante de todos los hombres con los que me he cruzado. Es artista y está loco, como yo... Pero, en unos días, justo cuando cambie el estado civil en el Facebook, justo cuando me lo crea, el Pianista se irá y no sabré nada más de él. Dirá que me va a llamar y no lo hará. Se esfumará. Un amigo suyo se me acercará en un bar y se disculpará en su nombre. Yo haré lo indicado: me acostaré con seis tíos a lo largo de dos semanas para olvidarlo. No lo conseguiré.


El tercero es mejor conocido como el Señor Perro. Se acuesta a mi lado. No sé si vamos a follar o no. No para de hablar, de hablar, de hablar. Creo que no vamos a follar. Estoy lejos, muy lejos.
De nuevo, a cámara:
- Esto fue en 2011. Va a ser un año horrible y este Perro va a tener parte de culpa. En realidad, no me importa, porque sé que es un imbécil y la cosa ha empezado fatal. No quiere compromiso de ningún tipo. Una noche, se besará con otro en mis narices y no entenderá mi enfado. Un día, dejaré de contestarle al teléfono, de puro hartazgo. En cualquier caso, es el que más va a durar. La relación más verdadera, intensa y jodida que tendré hasta ahora.  Curioso, ¿no?
- ¡El amor está a la vuelta de la esquina! - exclama el coro -  ¡La crisis se acabará!
- Pero yo lo necesito ahora, señores míos. Por si acaso me muero. Por si acaso sólo estoy viviendo una imitación a la vida.
- Acuérdate de aquella tarde - replica el coro.

Lana Turner y John Gavin en "Imitación a la Vida"

Entonces, me acuerdo de aquella tarde, tendido en el sofá. Tendría unos diecisiete años y fue cuando intuí que no tendría suerte con los hombres. No sé cómo, pero, desde ese momento, lo supe.
Pero, desde ese momento, también me di cuenta que ya tenía amor. Que lo conocía muy bien. Que lo ejercía todos los días. Que amaba tantas cosas, con pasión, con furia, con decisión, con obsesión. Que amaba a la vida, a las personas, al mundo, a mis amigos, a mis familiares, al cine, a mi urgencia por escribir.
Que sufría cuando las cosas que no salían como yo pensaba, que me encontraba con la decepción, que se interponía la inseguridad, que intervenía el paso del tiempo, que todo se terminaba para volver a empezar otra vez.
Aquella tarde, no sabía que también amaría a los lectores que hoy me aplauden a diario, a las canciones que jamás sabré cantar, a lo que me queda por escribir, a las copas que nunca me tomaré, al perro que he de adoptar, al país que veo caer, a la justicia por la que rezaré.
Que amaría las ganas que tengo de volver a verte. Que amaría mi dignidad, que amaría la esperanza. Que me amaría a mí mismo. Hello, gorgeous! 
Y que amaría al amor, real o ficticio, eterno o casual. Qué más da. ¡Lo sentí aquella noche! ¡Fue verdad!
He vivido y vivo tantas historias de amor, que nunca podría decir que mi vida ha sido una imitación a la vida. 
Porque nunca he renunciado a los sentimientos. No por voluntad, sino porque me ha sido imposible. Son los que construyen mis sueños, son los que inspiran mis días, son los que escriben estas líneas.
El coro se pone la mano en el pecho y, declamando, me señala y dice:
- Josito, el Amor... eres tú.


Quizá todo esto sea alabar las bondades del primer plato cuando se está deseoso de que llegue el suculento segundo. 
Pero, si mañana me cayera de la silla, con peor suerte, para ver el blanco techo, mientras mi respiración se detiene, mi corazón falla y mis ojos se cierran, podría decirme, para irme tranquilo, confiado y siempre mirando a cámara:
- He amado. Supongo.

martes, 11 de septiembre de 2012

Vida de Monty


Hacia el ocaso de los años cuarenta, el cine y el mundo tenían el placer de conocer a Montgomery Clift, aquel oscuro, talentoso, joven Monty, tan hermoso como maldito.
Quien lo haya visto en alguna de sus películas, sabe bien que probablemente Clift sea el hombre más bello de la Historia del Cine; toda la sensualidad, toda la melancolía, toda la virilidad, en un solo rostro, en un mismo cuerpo. 


Pero era su mirada, más profunda que la vida, la decisiva y la elocuente, y desde ella, se contaron las mejores interpretaciones de Montgomery Clift, el mismo que aparecería en un puñado de clásicos y, junto con Marlon Brando, el íntimo responsable de cambiar la faz del estrellato hollywoodiense para siempre.


Dicen que Clift no ganó el Oscar por "De Aquí a la Eternidad", porque nunca cayó bien en Hollywood, al pairo de su inquietud por romper con ciertas reglas de la industria. 
Era un actor del Método; de hecho, uno de los primeros del estilo que se paseó por los platós de Tinseltown.
Monty vivía los personajes, cambiaba los diálogos y se convertía en un artista con decisión en la película. 
Esta corriente, que ebulliría en torno al legendario Actors Studio, fue tan revolucionaria y refrescante como un tanto negativa, al asegurar mucho divo y mucho histrión.

Con Joanne Dru en "Río Rojo"

Pero, en el caso de Clift, quizá por pionero, sus interpretaciones no resultan hoy ni amaneradas ni excesivas. 
Todo lo contrario; aparecen dotadas de alma, de sombría sensibilidad, de exquisita neurosis, aún rebosantes de emoción.

Con Donna Reed en "De Aquí A La Eternidad"

Su figura de doncel doliente y mortalmente desvalido enamoró al planeta, pero su gloria nunca sofocó sus tristezas vitales.
Había sido hijo de un padre intolerante y de una madre con obsesivas veleidades aristocráticas, lo que hizo al niño Clift y al hombre Clift un continuo de angustias, un caldo de gusto para cualquier freudiano.


Decía que se imaginaba a su padre como antagonista de todas sus secuencias y, por ello, lo impecable de sus emociones transferidas: la tortura interna, la impotencia ante lo que no se puede cambiar, la sensación de que algo no funciona. 
En los años cincuenta, Clift fue como pronto también serían Brando, Newman o Dean: el chico guapo que incumple el cuarto mandamiento, llora sin complejos y se gana a toda una generación por el camino.


El mismo Brando se conmovería sinceramente cuando vio a Clift como George Eastman, el carismático arribista de "Un Lugar En el Sol". Allí, también aparecía y brillaba Elizabeth Taylor.
Liz y Monty compusieron una de esas parejas cinematográficas para las que hay que tomar la respiración antes de dedicarles un vistazo. Tan tranquilos, tan hermosos.
Se hicieron amigos de por vida. 
Ella dijo que él hubiese sido la mayor estrella de Hollywood si no hubiese rechazado tantos proyectos por exigente y escrupuloso. Él dijo de ella que era la única mujer que le resultaba verdaderamente excitante.
Con Elizabeth Taylor en "Un Lugar en el Sol"

En un pasaje de "Plegarias Atendidas", el supremo cotilla Truman Capote narra una fiesta donde Dorothy Parker agarraba a un borrachísimo Monty Clift y le decía:
- Pero qué guapo eres, ¡qué lástima que seas un chupapollas!
Entre los principales problemas vitales de Montgomery, se contó una homosexualidad vivida al dramático sentido de tiempos poco benévolos. La devastadora culpa y la imposibilidad de aceptarse mediatizaron no sólo sus relaciones, sino también su modo de comunicarse con el mundo.



De todas sus relaciones, la principal fue, no obstante, con una mujer.
Se trataba de Libby Holman, una retirada actriz de Broadway, para quien Monty fue poco más que ese chico guapo al que pasear, promocionar y llenar de forradas chaquetas y brillantes pitilleras. 
No era novedad. De hecho, el personaje del gigoló de "Sunset Boulevard" iba a ser para Monty, pero éste lo rechazó porque se parecía demasiado a él.
En "La Heredera"

Habría peores días para nuestro doncel doliente, porque el destino fue quien terminaría por darle la más cruel de las cartas.
En una ironía brutal, un accidente de coche le desfiguraba la cara, le arrebataba su belleza, quizá lo único en lo que Clift podía confiar.
Sucedía mientras rodaba "Raintree County" con su querida Liz Taylor. Liz fue quien lo socorrió en el momento del accidente y su decidida intervención lo salvó de la muerte.
La cirugía no pudo enmendar la idílica faz de Clift que, aquejado de fuertes dolores y burlado por la mala suerte, se entregó a la devoción de los tranquilizantes, regados con hectolitros de alcohol.

En "Judgment at Nuremberg"

Empezaba lo que se conocería como "el suicidio más largo de Hollywood". Monty arrastró su tristeza durante años, la de un ser inconsolable, perdido en habitaciones de hotel, en encuentros sexuales fugaces, en fiestas donde avergonzaba a todos y se marchaba solo.
Todavía quedó tiempo para ofrecer más interpretaciones, más pruebas de su incomensurable talento, entonces esporádico y desaprovechado ante las circunstancias.
En esos años de oscuridad, era otro Monty, quizá no tan guapo, pero siempre bello, todo mirada, poseído de esa alma torturada y torturante que ya no encontraría refugio donde sanearse.

En "The Misfits"

En su última noche, le preguntaron si quería ver "The Misfits" en la televisión. Él dijo:
- ¡De ninguna manera!
Fueron las últimas palabras que se le oyeron.
Aparecería fulminado y desnudo en la cama de la habitación, víctima de una oclusión coronaria.
Tenía sólo 45 años, pero nadie se sorprendió. Fue una muerte esperada y llorada desde hacía mucho tiempo.


Socorrido capítulo dentro de la larga lista del patetismo del show-business norteamericano, el legado de Montgomery Clift está, no obstante, mucho más allá de la dureza de su existencia. 


La importancia de Clift aparece en sus películas, casi todas memorables, y en su simple imagen, que cambió muchas cosas y perduró como pocas.
Y, ante todo, guapo de una manera imposible, guapo a rabiar, guapo, guapísimo.