lunes, 18 de marzo de 2013

Felicity Goes KGB


Nuestro mundo multipantalla ha encontrado su última sensación en las ficciones políticas. 
Impera la moda de películas y series que pretenden ventilar incómodos hechos históricos o inmiscuirse en los pasillos de agencias gubernamentales tan imponentes como la CIA o el FBI.
La ilusión del disclosure - es decir, revelarte parte de un secreto de Estado y no contarte realmente nada - ha sido eterna emoción entre los intereses de los dramas más descabellados.
Pero el éxito de "Homeland" es quien ha dado nuevas alas al género del espionaje, el contraespionaje, la lucha contra el terrorismo y las guerras frías vividas a golpe de teléfono, crisis foránea, archivo clasificado y puerta cerrada.

"Zero Dark Thirty"

La CIA es el gran poderoso a descubrir en estas ficciones, dentro de películas tan celebradas como "Argo" o "Zero Dark Thirty".
De calidades dispares, podría decirse que, en líneas generales, todos esos dramas disclosure resultan más emocionantes para el espectador norteamericano que para el extranjero. 
Éste evidencia pronto que la cosa está domesticada, entre la timidez de las propuestas y la fuerte mirada etnocéntrica a conflictos y problemas internacionales. 
"Argo" es el ejemplo perfecto de esa clásica reducción: entender un proceso histórico a ojos decididamente pequeños. 
Como resultado, nada testimonial, ni crítico, ni revelador; sólo una americanada de andar por casa, donde el etnocentrismo se desliza hacia la xenofobia.

"Argo"

En televisión, "Homeland" es ficción disclosure para todos los públicos, rebozada de trepidancia y paranoia.
Lo más interesante de "Homeland" ha sido dar voz a los dos lados del conflicto, a través del ambiguo personaje del Sargento Brody. 
Aunque prevalezca la mirada americana en los intereses de la serie, la cara de Brody también nos relata algo del enigmático enemigo. 
Además, se siente el porqué de su traición y se comprende la ansiedad que el personaje vive en un panorama como la vida residencial norteamericana, con sus desayunos de pancake, sus pizzas a domicilio y su familia perfectamente insoportable.
Ha sido una lástima que esta otrora interesante "Homeland" se haya continuado a sí misma del modo que lo ha hecho: vendida al absurdo en su búsqueda del impacto y trufada de cliffhangers para enganchar a la audiencia.

Momento lupa en "Homeland"

En todas estas ficciones, hasta las mejores y más valientes, prevalece su condición de productos, bajo un estilo concreto, hechos por un país para reconfortar al mismo país. 
Y si Angela Chase puede ser una bipolar agente de la CIA, ahora Felicity se nos pasa a la KGB.
Este 2013, la cadena FX presenta "The Americans", que se apunta a tres corrientes de un solo golpe: la ficción disclosure, la revisión histórica y la reivindicación del antiheroísmo como estrella dramática absoluta. 

Keri Russell y Matthew Rhys

Keri Russell y Matthew Rhys interpretan a dos soviéticos que viven infiltrados en Estados Unidos, allá por 1981. Hablamos de la llegada de Ronald Reagan al poder y la consecuente escalada de tensión de la Guerra Fría.
Los dos protagonistas son unos espías, unos agentes durmientes enmascarados como un matrimonio típicamente norteamericano, que hacen de las suyas en nombre de la KGB y del gigante comunista.
Él siente la tentación de entregarse al Gobierno estadounidense y abrazar una vida como testigo protegido; ella, en cambio, no ceja y se mantiene sovietista férrea y convencida.


"The Americans" es, por tanto, provocadora a priori, porque su premisa compromete al espectador. 
Del mismo modo que otras series contemporáneas lo hacen identificarse con mafiosos, narcotraficantes o asesinos en serie, ahora llega "The Americans" y lo fuerza a empatizar con traidores y diablos rojos. 
Obviamente, este gimmick no resulta tan impactante al público extranjero. Y, dependiendo de sus tendencias políticas, hasta puede que el espectador de otro país se sienta más cerca de estos dos espías soviéticos que de ningún otro personaje de la ficción norteamericana.
En todo caso, y como suele suceder últimamente, la trangresión es sólo un truco, porque los personajes de "The Americans" serán antiamericanos, pero está claro que la serie no lo es.


Se nos cuenta ese matrimonio como un par de Ninotchkas, en distintos niveles de seducción por el capitalismo.
La serie se escuda en repetir que aquello que les atraería de América es la promesa de libertad, pero se expresa otra cosa: lo que los seduce y conmueve es el dinero, los bienes, las cosas.
Así, la magna confusión de los norteamericanos es la magna confusión de los creadores de "The Americans": identifican libertad con materialismo.  


Es curioso que una serie que pone del revés la postal de su país sea, a la vez, tan reaccionaria. 
Ese mundo de niños desayunando y barrios residenciales - burlado o, al menos, ironizado en otras series y películas -, aquí se observa como el cálido refugio, la buena alternativa, la posibilidad de escape para los dos espías, allá donde se sanean de sus múltiples pecados contra la sacrosanta patria yanqui.
No se cuenta que ambos viven en medio de dos sistemas igualmente opresivos y entre dos identidades que no les satisfacen. 


La serie prefiere expresar que, cuando se den cuenta que la "buena vida" consiste en olvidar la política, sonreír a sus hijos e ir al supermercado, se salvarán y serán felices. Estos dos rusos lo que necesitan es amor, una credit card y una buena hipoteca, viene a decir "The Americans".
Mientras, el espectador está observando a personajes incorrectos, cuya irreverencia es lo que los condena a la perdición. Y ese espectador se reafirma, se acomoda y se valida en su normalidad. Es la ironía de todos los dramas antiheroicos, más que nunca en "The Americans".


Son el pueril comentario y la escasa profundización en el verdadero significado de la Guerra Fría lo que hacen fallido el subtexto de una serie tan pretenciosa como ésta.
Y, a nivel de entretenimiento básico, "The Americans" no está mal, pero tampoco está demasiado bien.
El tono es correcto, al igual que la ambientación, que irrumpe ajustada y sin venderse a las tentaciones de un carnaval ochentesco. 
Los actores protagonistas, de entrada poco estimulantes, terminan por resultar lo mejor de la función. 
Aún así, se impone nuevamente la condición falsaria. Que dos norteamericanos incorporen a dos rusos comunistas es tan hipócrita como aquellos tiempos de Hollywood donde sólo las actrices blancas podían interpretar a trágicas mulatas.
Resta potencia, sustrae verdad.


"The Americans" no es más que un drama de espías con esporádico comentario pedante, que no cuenta nada sobre 1981 que no se encuentre en la hemeroteca o en los libros de Historia. 
Y, como sucede en "Homeland", la premisa llora por un formato miniserie, por una contención argumental.
Tras el piloto, entra una sucesión de episodios llenos de aparatos de vigilancia, conflictos sentimentales, flashbacks que evocan pasados traumáticos, persecuciones estilo gato y ratón y todas esas cosas vistas, disfrutadas y bostezadas una y mil veces.
Nada nuevo, ni tampoco particularmente adictivo ni excitante.

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