martes, 28 de julio de 2015

Sé Lo Que Hiciste


Figúrese. La industria más exhibicionista del mundo también llora. Y guarda sus secretos bajo el mantel. Sus tragedias ignominiosas, sus nombres - de varón, preferiblemente - a proteger y esas violacioncitas que se disculpan, se ven sin mirarlas o se emplazan al día en que, bien lo sabe el sabio, la mierda flota e inunda toda la sala de congresos.
Pongamos un ejemplo.
En una cuenta de Twitter, bajo el seudónimo de Himmmm, un caballero que se confesaba conocido en la farándula comenzó a suministrar información sobre un viejo relato que circulaba por Tinseltown. Se trataba de la brutal violación que sufrió Natalie Wood a los diecisiete años en una habitación de hotel.


La historia decía que el perpetrador no sólo la dejó hecha un Cristo y destruida mentalmente, sino que ella tuvo que presenciar cómo el hijoputa fue convertido en un rey de Hollywood. 
Había planes para consagrarlo como estrella y el episodio se tapó, convenientemente. Todo sucedía en el crepúsculo de la década de los cuarenta.
El twittero informó que el violador seguía vivo y que su hijo también era célebre en el mundo de la farándula. 
También dijo que Natasha Gregson-Wagner, la hija de Natalie Wood, le había confirmado la historia cuando trabajaron juntos en una película. El twittero se desvelaba como actor con ese dato.
Con las pistas que suministraba la historia, la revista digital de cotilleo Gawker puso nombre tanto al twittero como al violador.


Voilá! Robert Downey Jr. estaba acusando a Kirk Douglas de violar a Natalie Wood.
El representante de Downey, Jr. negaba inmediatamente que el actor fuera la mano detrás de las acusaciones, mientras el mundo mitómano se retorcía de tripas al leer lo que el querido Kirk, que va camino de cumplir 100 años, hizo a la querida Natalie.
En cualquier caso, se reavivaba una de esas historias que Hollywood prefería esconder bajo el mantel o postergar a algún cuento de miedo en forma de biografía desmitificadora de última hora. De su negritud, Hollywood también vive.
La historia de Natalie se comentó, sí, durante muchos años, entre los que afirmaban que era verídico y los que decían que obedecía a puro blablablá. 
Natalie fue violada por un hombre mayor que ella, del que estuvo aterrada de por vida, pero la identidad del agresor es la parte más voluble de la historia. Tan voluble como cualquier caso de violación, que se deshacen de entre las manos cuando más parece que están atrapados.
Hay quien dice que el violador no era conocido - quizá un productor, alguien realmente poderoso - y que poner el nombre de Kirk es la manera de darle cafeína y caché al chisme.


No es la única leyenda que circunda la figura de la siempre frágil Wood y ahí está su oscura muerte cual boca de lobo, a bordo de un yate. ¿Otro hombre dispuesto a acabar con ella? Hasta el capitán del barco asegura que su marido, Robert Wagner, la lanzó por la borda en plena refriega alcohólica. Nada demostrado y mil cejas levantadas.
La frustración de vivir en estas épocas civilizadas pasa por lo que incidí en algún post anterior: la falta de sangre caliente del sistema asegura el debido proceso, pero deja irse por la puerta de atrás a demasiados culpables, especialmente si tienen dinero en el bolsillo o si cenan con el juez un viernes de cada dos. Los casos y las cosas se deslían con facilidad.
Ante esto, de uñas. 
La sociedad norteamericana tiene muchos errores, pero es una fanática de la eficiencia, y las fallas de su sistema judicial la obsesionan hasta límites extremos. Debe explicar el éxito continuado de las ficciones de justicieros o vigilantes, desde el western hasta Batman, con parada en Dexter, esos que se apresuran a corregir los errores a golpe de patadón.
Los errores causados por la falta de evidencias o la simple descompensación socioeconómica entre acusados y acusadores.


La descompensación brilla en todos los estratos, más que nunca cuando se comete una violación entre un hombre poderoso y una señorita a la que nadie conoce.
Y ahí se pregona el dicho y una verdad entre tantas: calumniar a un famoso es tan fácil que es gratis.
Se abre usted una cuenta de Twitter y puede contar lo que sea. Si alguien le da pábulo, hay un camino para que su mentira devenga, al menos, en una leyenda urbana.
Por tanto, si una mujer acusa a un señor famoso de haberla violado, sin pruebas, sin denuncia, sin resolución judicial, puede ser mirada a dos razones: quiere algo o se está apuntando a un carro. Según la psique machista, también se ha podido dar el siguiente silogismo: esperaba algo de él, se acostó con él, no obtuvo lo que buscaba, clamó agresión.
Para proteger a sus muñecos, el negocio del espectáculo ha impreso sobre sí misma desde tiempos inmemoriales esa lógica de la indefensión de la fama ante el comentario ajeno. Y la aplican, incluso cuando es obvio que el famoso en cuestión no es corderito de ninguna clase. Cierran gremio y lo protegen hasta que la caca se apelotona en la puerta.
Es ese cuento que se cuentan y se lo creen, cual persona con severo trastorno bipolar. Esto es así, porque lo digo yo. Y lo digo yo porque esto es así.
Si a Natalie Wood la compensaron con una carrera interpretativa en su vida adulta, a otras se les paga, se las acalla, se las hunde en la miseria o se les compra un billete de vuelta a Wichita, ese lugar profundo y tranquilo de donde nunca debieron salir. Cunde la vieja historia. No te acerques a ese hombre, desdichada. Sé sensata, no lleves esa falda. El bestiario machista captando la imaginación colectiva y trasladando la culpa, justificándola.
Todo esto lo escribo para hablar de Bill Cosby, claro. Del caso Bill Cosby. Ayer posteé en Facebook la espectacular portada del New York Magazine y me asombró la cantidad de amigos y contactos que desconocían los detalles de una de las historias del año.
De hecho, empezó en 2014 y ya comenté por aquí entonces lo que significaba este escalofriante disclosure en una época necesitada de ventilarlo todo.
Bill Cosby, cómico que empezó su carrera en Hollywood hacia finales de los sesenta, se convertía en uno de los padres más adorados de la televisión con su propio show, "La Hora de Bill Cosby", cuyos jerseys, chistes y gestos se hicieron santo y seña de la ochentez.


La serie dio también una imagen contundente al mundo de hasta dónde habían llegado los afroamericanos, tanto en lo que contaba la historia - una tranquila vida familiar - como lo que expresaba su éxito. 
Cosby era una cotización en alza en la época de los ejemplares triunfos profesionales, esos que ocupaban la portada de las revistas más prestigiosas en sus tiradas especiales.
Bill Cosby significaba el éxito, pero también la durabilidad, una sintonía que se consigue muy pocas veces y, en el noventa y nueve por ciento de las ocasiones, ocurre si el titular del éxito tiene polla. 
Una mujer sencillamente no dura tanto en la cúspide del estrellato, a menos que se llame Meryl Streep, Madonna o alguna otra de armas tomar.


El mantel de Cosby empezaba a ser cuidadosamente desdoblado hacia finales del año pasado cuando se sucedían, a ración diaria - o incluso horaria - las acusaciones de violación. Una de ellas afirmó que había sido agredida por Bill Cosby en una fecha tan remota como 1968.
La versión era parecida. Cosby invitaba a sus víctimas a copas, secretamente cargadas de somníferos. La mujer podía despertar al día siguiente, desnuda, en una cama, con el señor Cosby paseándose tranquilamente en bolas por la habitación. En el paréntesis, estaba la clave, estaba la trampa. Sé lo que me hiciste, pero no me acuerdo.
Un total de cuarenta y seis mujeres han denunciado a Cosby, del que se ha hecho el preciso retrato robot. 
Es el depredador sexual que se vale de su posición para cometer sus tropelías con total impunidad, mientras es querido por su familia, la prensa y el mundo entero.


De las primeras denunciadas, los defensores de Cosby se apresuraron a lanzar el contrario retrato robot: son las oportunistas que buscan sus minutos de notoriedad echando mierda a un celebrado. 
Pero las confesiones se sucedían, una tras otra, de mujeres distintas, algunas de intachable reputación en el mundo del show-business, y hacia finales de 2014, Hollywood ya había empezado a quitar las piedras que componían una de sus más entrañables estatuas.
En los últimos Globos de Oro, Tina Fey y Amy Poehler protagonizaron un chiste tan grueso al respecto del Bill Cosby violador que Lena Dunham fue la única que se rió en la platea. Pero ese chiste lo pregonaba: Hollywood creía a las víctimas. 
¿Por qué? PORQUE LO SABÍA.
Muchos eventos que requerían la presencia del humorista le dieron un "no, gracias, hasta nunca", la estrella de Cosby en el Paseo de la Fama aparecía pintada con rótulos de "Rapist" y las redes sociales se convirtieron en un hervidero al pairo de lo vivido en los debates televisivos. 
En Estados Unidos, ha sido un chaparrón mediático sólo equiparable a la transformación de Bruce Jenner en Caitlyn Jenner.
De un lado, se han desatado los infiernos sociales en este tipo de cosas. La gente aprovecha que han derribado a alguien para saltar y desgañitarse, aprovechando la coyuntura para expulsar sus propias frustraciones. Si se observa el Twitter oficial de Bill Cosby, hay un paleto que no para de atosigar con comentarios. El lado amarillista de la prensa se comporta del mismo modo que ese paleto. Hay que tener en cuenta que el daño que ha hecho Bill Cosby continúa ahora en sus familiares, que son las ultimísimas víctimas de las atrocidades de su patriarca al descubrirlas. Unas, violadas, otros, avergonzados, humillados, alienados.
Y además, están los cómplices de Cosby, sus mamporreros, los que facilitaron, callaron, compraron silencios, aplazaron explicaciones. Deberían ser igualmente señalados. No sé si veré el día en que los ricos y famosos dejen de hacer de las suyas, pero se tiene que acabar la puñetera complicidad de los que los circundan de una vez por todas.
En general, abogados, amigos y aliados se han apresurado a ventilar la honorable presunción de inocencia, mientras las mujeres insistían: cómo demostrarlo entonces, a dónde acudir después. Porque, ¿cuándo ha habido la fuerza suficiente para enfrentarse a un gigante? 
Si sus historias todavía enarcan cejas que buscan relativizarlas, muchas ya se encargaban de hacérselo a sí mismas. Algunas se confesaban culpables y avergonzadas, porque habían acudido a Cosby con ganas de ascender profesionalmente en la televisión y, como respuesta, Quaaludes y una violación. Esa respuesta que te recuerda que, en casita y con delantal, no te hubiese pasado nada. El machismo es esa apisonadora que pasa dos veces. Y hasta tres.
¿Cuándo se han decidido las tornas? 
Se ventila una grabación, un documento sellado, donde Cosby asumía culpabilidad en un acuerdo extrajudicial desplegado para irse de rositas. 
El contenido muestra al caballero narrando sus "conquistas" en el humoroso tono de un amigote: fanfarrón y buscando la complicidad del interlocutor. 
Admite administrar somníferos a sus ligues "para cerrar el trato y acabar con sus últimas reservas". Se ríe, bromea. Bill Cosby es un psicópata.


Las reposiciones de su serie se retiran. Su último baluarte de defensa mediática, Whoopi Goldberg, aún llora por la presunción de inocencia, pero admite que la culpabilidad está ahí.
Los abogados se lanzan a por las sobras. ¿Por qué se ha extraído ese documento? La justicia alude al interés público.
En realidad, es su última venganza. Porque, durante los últimos meses, vive desesperada por abrirle un proceso a Bill Cosby del que no pueda salir jamás y así evitar lo ocurrido en Gran Bretaña con Jimmy Savile. 
Pero la violación es un delito que, además de ser tan difícil de probar, prescribe. Prescribe, señores, sí, como si el viento se lo llevara. 
Esta semana, 35 de las 46 mujeres que han señalado públicamente a Bill Cosby irrumpen en la portada de The New York Magazine para contarlo todo, para resumirlo, para fijarlo después de que las dudas sobre ellas se hayan disipado casi por completo.


¿Qué significa esa portada? ¿Que la violación no debería prescribir nunca, del mismo modo que es imposible borrarla de la vida de una mujer? Probablemente. 
Pero también es la primera campaña, decidida y oficiosa, contra los que juegan y manipulan el sistema del proceso debido, como el señor Cosby. 
Por primera vez, triunfa el "Sé lo que hiciste". Por primera vez, se pierde la etiqueta para atacar los que aprovechan las reglas para ejercitar hipocresía, cinismo y rampante criminalidad. 
Esa portada es una declaración de guerra. Perder las formas para poder ganarlas. Y una cosa es la presunción de inocencia y otra muy distinta, que no te podamos atrapar, cabrón.
Se cree a las mujeres, sí, milagro. Y la mesa está vuelta del revés para volver a echar el mantel por encima. 
¿Son las únicas que caen bajo la telaraña de un hombre brutal? ¿Esa punta de un iceberg que aún aterra descubrir?
Como diría su querida O'Hara, Hollywood se volvería loco de pensarlo, mejor lo hará mañana.