martes, 28 de julio de 2015

Sé Lo Que Hiciste


Figúrese. La industria más exhibicionista del mundo también llora. Y guarda sus secretos bajo el mantel. Sus tragedias ignominiosas, sus nombres - de varón, preferiblemente - a proteger y esas violacioncitas que se disculpan, se ven sin mirarlas o se emplazan al día en que, bien lo sabe el sabio, la mierda flota e inunda toda la sala de congresos.
Pongamos un ejemplo.
En una cuenta de Twitter, bajo el seudónimo de Himmmm, un caballero que se confesaba conocido en la farándula comenzó a suministrar información sobre un viejo relato que circulaba por Tinseltown. Se trataba de la brutal violación que sufrió Natalie Wood a los diecisiete años en una habitación de hotel.


La historia decía que el perpetrador no sólo la dejó hecha un Cristo y destruida mentalmente, sino que ella tuvo que presenciar cómo el hijoputa fue convertido en un rey de Hollywood. 
Había planes para consagrarlo como estrella y el episodio se tapó, convenientemente. Todo sucedía en el crepúsculo de la década de los cuarenta.
El twittero informó que el violador seguía vivo y que su hijo también era célebre en el mundo de la farándula. 
También dijo que Natasha Gregson-Wagner, la hija de Natalie Wood, le había confirmado la historia cuando trabajaron juntos en una película. El twittero se desvelaba como actor con ese dato.
Con las pistas que suministraba la historia, la revista digital de cotilleo Gawker puso nombre tanto al twittero como al violador.


Voilá! Robert Downey Jr. estaba acusando a Kirk Douglas de violar a Natalie Wood.
El representante de Downey, Jr. negaba inmediatamente que el actor fuera la mano detrás de las acusaciones, mientras el mundo mitómano se retorcía de tripas al leer lo que el querido Kirk, que va camino de cumplir 100 años, hizo a la querida Natalie.
En cualquier caso, se reavivaba una de esas historias que Hollywood prefería esconder bajo el mantel o postergar a algún cuento de miedo en forma de biografía desmitificadora de última hora. De su negritud, Hollywood también vive.
La historia de Natalie se comentó, sí, durante muchos años, entre los que afirmaban que era verídico y los que decían que obedecía a puro blablablá. 
Natalie fue violada por un hombre mayor que ella, del que estuvo aterrada de por vida, pero la identidad del agresor es la parte más voluble de la historia. Tan voluble como cualquier caso de violación, que se deshacen de entre las manos cuando más parece que están atrapados.
Hay quien dice que el violador no era conocido - quizá un productor, alguien realmente poderoso - y que poner el nombre de Kirk es la manera de darle cafeína y caché al chisme.


No es la única leyenda que circunda la figura de la siempre frágil Wood y ahí está su oscura muerte cual boca de lobo, a bordo de un yate. ¿Otro hombre dispuesto a acabar con ella? Hasta el capitán del barco asegura que su marido, Robert Wagner, la lanzó por la borda en plena refriega alcohólica. Nada demostrado y mil cejas levantadas.
La frustración de vivir en estas épocas civilizadas pasa por lo que incidí en algún post anterior: la falta de sangre caliente del sistema asegura el debido proceso, pero deja irse por la puerta de atrás a demasiados culpables, especialmente si tienen dinero en el bolsillo o si cenan con el juez un viernes de cada dos. Los casos y las cosas se deslían con facilidad.
Ante esto, de uñas. 
La sociedad norteamericana tiene muchos errores, pero es una fanática de la eficiencia, y las fallas de su sistema judicial la obsesionan hasta límites extremos. Debe explicar el éxito continuado de las ficciones de justicieros o vigilantes, desde el western hasta Batman, con parada en Dexter, esos que se apresuran a corregir los errores a golpe de patadón.
Los errores causados por la falta de evidencias o la simple descompensación socioeconómica entre acusados y acusadores.


La descompensación brilla en todos los estratos, más que nunca cuando se comete una violación entre un hombre poderoso y una señorita a la que nadie conoce.
Y ahí se pregona el dicho y una verdad entre tantas: calumniar a un famoso es tan fácil que es gratis.
Se abre usted una cuenta de Twitter y puede contar lo que sea. Si alguien le da pábulo, hay un camino para que su mentira devenga, al menos, en una leyenda urbana.
Por tanto, si una mujer acusa a un señor famoso de haberla violado, sin pruebas, sin denuncia, sin resolución judicial, puede ser mirada a dos razones: quiere algo o se está apuntando a un carro. Según la psique machista, también se ha podido dar el siguiente silogismo: esperaba algo de él, se acostó con él, no obtuvo lo que buscaba, clamó agresión.
Para proteger a sus muñecos, el negocio del espectáculo ha impreso sobre sí misma desde tiempos inmemoriales esa lógica de la indefensión de la fama ante el comentario ajeno. Y la aplican, incluso cuando es obvio que el famoso en cuestión no es corderito de ninguna clase. Cierran gremio y lo protegen hasta que la caca se apelotona en la puerta.
Es ese cuento que se cuentan y se lo creen, cual persona con severo trastorno bipolar. Esto es así, porque lo digo yo. Y lo digo yo porque esto es así.
Si a Natalie Wood la compensaron con una carrera interpretativa en su vida adulta, a otras se les paga, se las acalla, se las hunde en la miseria o se les compra un billete de vuelta a Wichita, ese lugar profundo y tranquilo de donde nunca debieron salir. Cunde la vieja historia. No te acerques a ese hombre, desdichada. Sé sensata, no lleves esa falda. El bestiario machista captando la imaginación colectiva y trasladando la culpa, justificándola.
Todo esto lo escribo para hablar de Bill Cosby, claro. Del caso Bill Cosby. Ayer posteé en Facebook la espectacular portada del New York Magazine y me asombró la cantidad de amigos y contactos que desconocían los detalles de una de las historias del año.
De hecho, empezó en 2014 y ya comenté por aquí entonces lo que significaba este escalofriante disclosure en una época necesitada de ventilarlo todo.
Bill Cosby, cómico que empezó su carrera en Hollywood hacia finales de los sesenta, se convertía en uno de los padres más adorados de la televisión con su propio show, "La Hora de Bill Cosby", cuyos jerseys, chistes y gestos se hicieron santo y seña de la ochentez.


La serie dio también una imagen contundente al mundo de hasta dónde habían llegado los afroamericanos, tanto en lo que contaba la historia - una tranquila vida familiar - como lo que expresaba su éxito. 
Cosby era una cotización en alza en la época de los ejemplares triunfos profesionales, esos que ocupaban la portada de las revistas más prestigiosas en sus tiradas especiales.
Bill Cosby significaba el éxito, pero también la durabilidad, una sintonía que se consigue muy pocas veces y, en el noventa y nueve por ciento de las ocasiones, ocurre si el titular del éxito tiene polla. 
Una mujer sencillamente no dura tanto en la cúspide del estrellato, a menos que se llame Meryl Streep, Madonna o alguna otra de armas tomar.


El mantel de Cosby empezaba a ser cuidadosamente desdoblado hacia finales del año pasado cuando se sucedían, a ración diaria - o incluso horaria - las acusaciones de violación. Una de ellas afirmó que había sido agredida por Bill Cosby en una fecha tan remota como 1968.
La versión era parecida. Cosby invitaba a sus víctimas a copas, secretamente cargadas de somníferos. La mujer podía despertar al día siguiente, desnuda, en una cama, con el señor Cosby paseándose tranquilamente en bolas por la habitación. En el paréntesis, estaba la clave, estaba la trampa. Sé lo que me hiciste, pero no me acuerdo.
Un total de cuarenta y seis mujeres han denunciado a Cosby, del que se ha hecho el preciso retrato robot. 
Es el depredador sexual que se vale de su posición para cometer sus tropelías con total impunidad, mientras es querido por su familia, la prensa y el mundo entero.


De las primeras denunciadas, los defensores de Cosby se apresuraron a lanzar el contrario retrato robot: son las oportunistas que buscan sus minutos de notoriedad echando mierda a un celebrado. 
Pero las confesiones se sucedían, una tras otra, de mujeres distintas, algunas de intachable reputación en el mundo del show-business, y hacia finales de 2014, Hollywood ya había empezado a quitar las piedras que componían una de sus más entrañables estatuas.
En los últimos Globos de Oro, Tina Fey y Amy Poehler protagonizaron un chiste tan grueso al respecto del Bill Cosby violador que Lena Dunham fue la única que se rió en la platea. Pero ese chiste lo pregonaba: Hollywood creía a las víctimas. 
¿Por qué? PORQUE LO SABÍA.
Muchos eventos que requerían la presencia del humorista le dieron un "no, gracias, hasta nunca", la estrella de Cosby en el Paseo de la Fama aparecía pintada con rótulos de "Rapist" y las redes sociales se convirtieron en un hervidero al pairo de lo vivido en los debates televisivos. 
En Estados Unidos, ha sido un chaparrón mediático sólo equiparable a la transformación de Bruce Jenner en Caitlyn Jenner.
De un lado, se han desatado los infiernos sociales en este tipo de cosas. La gente aprovecha que han derribado a alguien para saltar y desgañitarse, aprovechando la coyuntura para expulsar sus propias frustraciones. Si se observa el Twitter oficial de Bill Cosby, hay un paleto que no para de atosigar con comentarios. El lado amarillista de la prensa se comporta del mismo modo que ese paleto. Hay que tener en cuenta que el daño que ha hecho Bill Cosby continúa ahora en sus familiares, que son las ultimísimas víctimas de las atrocidades de su patriarca al descubrirlas. Unas, violadas, otros, avergonzados, humillados, alienados.
Y además, están los cómplices de Cosby, sus mamporreros, los que facilitaron, callaron, compraron silencios, aplazaron explicaciones. Deberían ser igualmente señalados. No sé si veré el día en que los ricos y famosos dejen de hacer de las suyas, pero se tiene que acabar la puñetera complicidad de los que los circundan de una vez por todas.
En general, abogados, amigos y aliados se han apresurado a ventilar la honorable presunción de inocencia, mientras las mujeres insistían: cómo demostrarlo entonces, a dónde acudir después. Porque, ¿cuándo ha habido la fuerza suficiente para enfrentarse a un gigante? 
Si sus historias todavía enarcan cejas que buscan relativizarlas, muchas ya se encargaban de hacérselo a sí mismas. Algunas se confesaban culpables y avergonzadas, porque habían acudido a Cosby con ganas de ascender profesionalmente en la televisión y, como respuesta, Quaaludes y una violación. Esa respuesta que te recuerda que, en casita y con delantal, no te hubiese pasado nada. El machismo es esa apisonadora que pasa dos veces. Y hasta tres.
¿Cuándo se han decidido las tornas? 
Se ventila una grabación, un documento sellado, donde Cosby asumía culpabilidad en un acuerdo extrajudicial desplegado para irse de rositas. 
El contenido muestra al caballero narrando sus "conquistas" en el humoroso tono de un amigote: fanfarrón y buscando la complicidad del interlocutor. 
Admite administrar somníferos a sus ligues "para cerrar el trato y acabar con sus últimas reservas". Se ríe, bromea. Bill Cosby es un psicópata.


Las reposiciones de su serie se retiran. Su último baluarte de defensa mediática, Whoopi Goldberg, aún llora por la presunción de inocencia, pero admite que la culpabilidad está ahí.
Los abogados se lanzan a por las sobras. ¿Por qué se ha extraído ese documento? La justicia alude al interés público.
En realidad, es su última venganza. Porque, durante los últimos meses, vive desesperada por abrirle un proceso a Bill Cosby del que no pueda salir jamás y así evitar lo ocurrido en Gran Bretaña con Jimmy Savile. 
Pero la violación es un delito que, además de ser tan difícil de probar, prescribe. Prescribe, señores, sí, como si el viento se lo llevara. 
Esta semana, 35 de las 46 mujeres que han señalado públicamente a Bill Cosby irrumpen en la portada de The New York Magazine para contarlo todo, para resumirlo, para fijarlo después de que las dudas sobre ellas se hayan disipado casi por completo.


¿Qué significa esa portada? ¿Que la violación no debería prescribir nunca, del mismo modo que es imposible borrarla de la vida de una mujer? Probablemente. 
Pero también es la primera campaña, decidida y oficiosa, contra los que juegan y manipulan el sistema del proceso debido, como el señor Cosby. 
Por primera vez, triunfa el "Sé lo que hiciste". Por primera vez, se pierde la etiqueta para atacar los que aprovechan las reglas para ejercitar hipocresía, cinismo y rampante criminalidad. 
Esa portada es una declaración de guerra. Perder las formas para poder ganarlas. Y una cosa es la presunción de inocencia y otra muy distinta, que no te podamos atrapar, cabrón.
Se cree a las mujeres, sí, milagro. Y la mesa está vuelta del revés para volver a echar el mantel por encima. 
¿Son las únicas que caen bajo la telaraña de un hombre brutal? ¿Esa punta de un iceberg que aún aterra descubrir?
Como diría su querida O'Hara, Hollywood se volvería loco de pensarlo, mejor lo hará mañana.

lunes, 25 de mayo de 2015

Pietro Boselli


Dude usted del poder de las redes sociales y errará, porque resultados electorales, modas y celebridades pagan peaje en lo que se comparte, se ventila y se escandaliza en los emporios del Facebook, Twitter y allá donde alcanzan nuestras vistas castigadas de tanta pantalla.
A Pietro Boselli le sorprendió el holgado millar extra de seguidores que recibió su página cuando salieron unas flamantes fotos suyas, con el cuerpazo al aire, la manzana mordida, las gafas puestas y el titular: "El profesor de matemáticas más sexy del mundo, de nuevo, a lo suyo".
Pietro es italiano, pero vive donde los británicos. Como chico estudioso y provechoso, da clase e investiga en Londres sobre todo aquello que olvidamos hace años acerca de los números, los límites y las complejas operaciones de lógica y abstracción.
Además de cerebrito, tiene unos veintisiete años de pura lozanía y cumplido gimnasio, una cara de nene italiano que se la pondría dura a Visconti y un físico rocoso que nos desmiente la hegemonía de esa otra moda compartida del fofisanismo.
En cuestión de un mes, la revista Attitude le concedía la portada al hallazgo y allá se ha lucido en el mismo lugar donde han morado otros maromos de infarto como Ben Cohen, Harry Judd o Nick Jonas.
Ya todos soñamos con esa clase y esas tutorías. Cuenta la leyenda que alguien pudo atender a lo que Pietro imparte y hasta aprobó la asignatura. 
El resto, sólo calculó el amor y sus derivados.












El verano se acerca o está la estufa encendida. Pregunto.

domingo, 3 de mayo de 2015

La Cazadora y El Amor


Sucedió cuando era jovenzuelo y vi "Love Story" en alguna madrugada televisiva. Fue cuando desarrollé mi obsesión por los hombres con cazadora de cuello de borreguito.
En realidad, siempre he querido un novio que luciera como Ryan O'Neal en esa película. Con la cazadora de borreguito, la camisa a cuadros escoceses, la camiseta blanca y, debajo de todas esas cálidas capas de muchacho abrigado, un pecho perfectamente velludo. El oro. 
Ryan en esa época era una cosa rubia y hermosísima, que daba un aspecto de virilidad integral, pero serena, casi inadvertida. 
Parecía tan buen chico en ese entonces y, a la vez, tan machote. La mezcla ideal.


Su vestimenta en la película me obsesiona. Hay quien dice que el vestuario es lo mejor de "Love Story" y debe ser por lo pasado de moda; es una de esas películas que parecen más viejas que otras muy anteriores, tan fashion victims eran en 1970, tan rápidamente envejecida de apariencias por el mor de los cambios en el gusto y los guardarropas.
El cuello de borreguito reaparecería para mi obsesión en "Brokeback Mountain" y se lo asían los dos dolientes vaqueros en otra love story de final trágico, que me dejó en boxes mentales durante una semana. 
Me hizo añorar una cazadora en la que acurrucarme para calmar la tristeza de ese amor que nunca llegó a viejo, como decía una de las canciones de la banda sonora.
Y hete aquí, hace unos años, tuve un lío extendido con cierto capullín de cuyo nombre no quiero acordarme, porque lo anticiparía como "el gilipollas de...". A lo que iba. 
Cuando todavía no lo odiaba - aunque ya pensaba que era un capullín -, dormíamos juntos y, yo ya despierto, le acariciaba la espalda y él, apoyado en mi pecho perfectamente velludo, dijo en sueños:
- Quiero una cazadora de cuello de borreguito.
Te juro por Douglas Sirk que fue cierto. Cuando despertó, se lo conté entre risas y aseguró que siempre había querido tener una. 
Yo le dije que era la cazadora oficial de los tíos buenos y, si tuviera dinero, se la compraría inmediatamente.
No habría días para cazadoras de borreguito sobre el capullín y todavía busco ese cuello en el que depositar esta romántica cabeza mía.


Anoche volví a ver "Love Story". 
Es curioso cómo las películas tienen un significado tan inadvertido y distinto en nuestras vidas. Para muchos y muchas, "Love Story" les habrá cambiado la vida o algo así. Es probable que muchos hombres que la vieron en su momento entendieron que debían ser amables, vestir con camisa de cuadros y querer más a sus novias. Para eso estaba Hollywood: para enseñar a la gente a ser bonita, elegante y sentimental.
La historia de "Love Story" es, obviamente, una historia de amor. Oliver es un chico de buena familia que renuncia a sus privilegios y a su estricta familia, más que nunca cuando se enamora de Jenny, una chica más o menos pobre, pero sí muy lista, espabilada y tan especial.
Sólo en una película tan ancestra, puede usted entender que un chico de clase alta se case con una chica de clase media baja represente tal conflicto familiar. En realidad, ya en 1970 la cosa sonaba un poco a cuento viejo.
"Love Story" era una película pequeña, modesta. Tanto la novela escrita al pairo por el guionista como la película arrasaron como si no hubiera mañana. Nadie se lo esperaba.
John Wayne, que estaba ya en las últimas, dijo que el éxito no debía achacarse a las palabrotas que decía la chica de la película, sino a que el público estaba esperando una historia sencilla de dos personas que se enamoraban. 
Lo decía el viejo y reaccionario patriarca en una época convulsa, de fuertes cambios en la sociedad, en general, y en el gusto del público, en particular.


La caída de la censura venía aparejada por la llegada de la explicitud a las pantallas. 
Ali McGraw dice muchas palabras en la película que hubiesen estado prohibidas siete años antes. Tanto Nixon como su mujer aseguraron que "Love Story" les gustaba, pero se decían muchas palabrotas. En realidad, lo que se dice es poco más que shit y god damn it.
Poco a poco, y con el resonar del fenómeno sociológico, "Love Story" se convertía en la película más vista del año, mientras las plateas no paraban de sonarse las lágrimas y los mocos con la triste historia de "la chica que murió a los veinticinco años, la que adoraba a Bach, Mozart, los Beatles y a mí".
¿Y qué tenían que decir los críticos? 
Los más optimistas la alabaron, Otras voces se prestaron a desenmascarar las intenciones. 
"Es 'Margarita Gautier' con gilipolleces", se escribió. Y, por supuesto, Pauline Kael afiló el cuchillo desde el New Yorker: "uno de los más ineptamente fabricados éxitos de lagrimón y flemas". 
Kael también vería en la actriz protagonista una de sus más naturales némesis y le dedicaría cosas como "la exasperante Ali MacGraw, ejercitando las ventanas de la nariz".


Los detractores de "Love Story" fueron cordialmente desoídos por las audiencias y la Academia se plegó ante el fenómeno, concediendo siete nominaciones al Oscar; entre ellas, mejor película, mejor director, mejor cazadora de borreguito y mejor ejercicio de ventanas de la nariz.
La reacción y la aceptación de unos y otros se entiende desde el momento en que se saca un vestido viejo en una sociedad que se piensa distinta y evolucionada. 
El complaciente Hollywood contraatacaba con uno de sus melodramones de amor eterno y sanador y todos iban a verlo, cuando los jóvenes se suponían leyendo a Marcuse o revolcados en el barro de Woodstock. 
Aún así, y como veremos, "Love Story" no contradice a su tiempo, es un fruto silencioso del mismo. 
Pero entonces y, junto con la igualmente triunfadora "Aeropuerto", se consideró que el público no había mejorado en gustos como se creía, sino que, de hecho, se conformaba con lo mismo de siempre, más superficial y, a todos los efectos, peor.
El gato por liebre era quizá evidente y las declaraciones tanto del director como del guionista de que habían brindado una película tan elevada como sensible explican la reacción hacia la película, en su momento y a lo largo de los años. 
Muchos lloran con "Love Story", pero mil más la odian a muerte. Es un clásico poco querido y mucho menos estudiado.


Fruto de su época, sí. Y silencioso, también. 
Estamos en 1970 y, pese a todo lo que se vivía, Hollywood no había dicho ni esta boca es mía en cuanto a Vietnam. 
Rectifico: sí lo había dicho, en 1968, con "Las Boinas Verdes", una épica militar dirigida por John Wayne, tan mentirosa y reaccionaria que hasta muchos de sus partidarios detestaron el resultado. Como muchos títulos de entonces, lo infamous estaba servido de antemano: en la última secuencia de "Las Boinas Verdes", el sol se pone por el Este.
Vietnam no se habló en las películas hasta que se acabó la guerra. 
Pero sí se sentía. Y se sintió durante mucho tiempo, incluso de una manera tan implícita que evidencia la ley del silencio. Las películas de finales de los sesenta y principios de los setenta son muy pesimistas, y algunas son obvias metáforas de lo que sucedía, como "Danzad, Danzad Malditos", ambientada en un pavoroso maratón de baile de la Depresión.
Y "Love Story" también es una película de Vietnam, con dos símbolos claro: el conflicto intergeneracional y la muerte de la juventud. 
Es la razón de que una película triste se vendiera tan bien. Era oportuna, se sentía. 
Por un lado, el chico que se rebela contra un padre y no lo perdona. Por otro, la chica ansiosa por vivir, que, en un abrir y cerrar de ojos, acaba en un hospital por una enfermedad nunca concretada. 
Se supone que es leucemia, pero, como tantos han señalado, Ali McGraw luce tan bella en ese lecho de muerte que digamos que, sencillamente, se la llevó Dios. Como parecía suceder con todos los soldados perdidos en la selva entre el síndrome y el olor a napalm por la mañana.


El tono mortuorio que preside "Love Story", que anuncia la muerte de su protagonista desde el principio, es lo que la convierte en una de esas películas de Vietnam donde la desastrosa guerra jamás se menciona.
A propósito, dato significativo: en los Oscars, "Love Story" fue vencida, de manera previsible, por "Patton".
"Patton" es una película de guerra que satirizaba, aunque terminaba por celebrar, al famoso general de la Segunda Guerra Mundial que gustaba más del resultado contundente que del rigor del procedimiento. 
En una escena, abofeteaba a un soldado que se decía con estrés postraumático y le recordaba su deber. Patton era lo que nos faltaba ahora, expresó la Academia con ese premio.
La banda sonora de Francis Lai fue el único Oscar que recibiera "Love Story" y sonaba en las radios, sobre todo cuando le pusieron letra y la cantó Andy Williams. 


Si "Love Story" podía ser considerada un paso atrás en las coordenadas de entretenimiento cinematográfico, brindaba cosas entonces novedosas. 
Le entregaba el protagonismo y el corazón emocional de la película por completo a la nueva juventud, esa condenada a vivir en un mundo antiguo, gobernado por sus padres. 
Los protagonistas no sólo follan tan ricamente antes de casarse, sino que aseguran no creer en Dios y de hecho, ni se casan por la Iglesia.
Aún así, no hay nada verdaderamente subversivo en lo que se cuenta y, por eso, a Nixon le gustó "Love Story" tanto como a América. Abría aguas para la llamada juventud nixoniana, que era romántica, deportista, doliente y, a pesar de todo, siempre con una sonrisa. La América de los Carpenters, de Bruce Jenner, de los Osmond y de los bailes de la promoción sin Carrie White invitada.
Para los que nacimos después de ese mundo y lejos de ese país, "Love Story" ya sólo sonaba en las cajas de música. 
Como todo en "Love Story" y las viejas películas, el olvido se suplió con vagos legados que aparecían allí y allá. En la caja de música, la tonada oscarizada. Despierto hasta tarde, reaparecía la película en la madrugada.
Fue en una de esas madrugadas, más de veinticinco años después de su estreno, cuando la cacé y la vi. 
"Love Story" fue una de las primeras películas sobre las que intenté hacer una crítica más elaborada y profunda, aunque, releyendo ese viejo documento mío, se nota, ante todo, la necesidad de enmascarar que me había gustado lo que debía odiar.


La tengo muy asociada con "El Valle de las Muñecas", quizá porque las vi en la misma época, tal vez porque tienen puntos de contacto.
Tres escasos años las separan. Ambas terminan con el personaje protagonista solo en la nieve. Las dos fueron unos éxitos pop tan desproporcionados que el público nunca recibió con tanto ímpetu el apelativo de "majaderos" y otras maneras de decir que tenían lo que se merecían. También son fruto de un Hollywood en recesión, que se apegaba a viejos sentimientos y, a la vez, quería ser moderno e inquieto. 
El resultado es la inevitable cursilería. Y, con unos años encima, una cosa tan desfasada termina por despertar un gran atractivo.
"Love Story" tiene el sello de su época, no sólo en su temática, sino también en su estilo. Hay una secuencia en que los dos protagonistas retozan en la nieve con la musiquita como único sonido, que es el colmo de lo cursi, sí, y además, posee el tic preclaro de mucho cine de finales de los sesenta y principios de los setenta. Los zooms, los intentos de cámara al hombro heredados de la Nouvelle Vague, la sucesión de imágenes con intención pop. 
Es un momento cinematográfico tan bastardo como valioso, porque parece enlazar la batalla en la nieve del "Napoleón" de Abel Gance con los vídeos ochenteros de la MTV. Es decir, el impresionismo, el arrojar imágenes porque sí.
¿Y qué hay del amor de esos dos tórtolos? ¿Se siente o no se siente? Calificada como vacía, simplona y procuradora de lágrima fácil, lo cierto es que "Love Story" hace llorar. 
Y se nota como lo hace. Ahí está la clave del odio: la película manipula. Los protagonistas son demasiado buenos para sufrir así, entendemos.
En cualquier caso, ni fue la primera vez que Hollywood lo hacía ni la última, ni la peor. 
Y hay un esfuerzo de sinceridad en algunos pasajes de la película, especialmente los protagonizados por Ryan O'Neal que, sin ser un gran actor, despliega esa mezcla de ternura y fortaleza, que me aún me hace temblar las patitas.


Muchos aseguran llorar con "Love Story" y, aún así, la detestan. Será porque es la definitiva chick flick o película para chicas, donde las emociones del corazón son considerada cosa débil por la opinión cinematográfica imperante, llevada, manejada y escrita por y para hombres aburridos. ¿Que "Love Story" no sea considerada un clásico de más altura la convierte en una víctima del machismo? La discusión está servida,
"Amar significa no tener que decir nunca lo siento", la frase emblema, el tagline, lo que le dice Jenny a Oliver en el momento donde Ali McGraw ejercita las ventanas de la nariz con mayor decisión. 
Como la película, la frase tendría esa doble característica de inolvidable e infamous en el imaginario popular, y de hecho, Barbra Streisand se la repite en clave de humor - y guiño posmoderno - al mismo Ryan O'Neal en "¿Qué Me Pasa, Doctor?". 
Él contesta, en esa ocasión, que nunca había oído nada más tonto en toda su vida.


Reconozco que la frase no la entiendo del todo, porque tiene una construcción muy complicada. Amar significa no tener que decir nunca lo siento. Dos negativas en una misma frase: mal. 
Me consta que en las love stories reales, uno se vuelve muy británico en el sentido de que no se para de decir "lo siento". Mucho me temo que la frase de "Love Story" es más bien la cita vulgarmente inspiradora que todos se repiten con el día melancólico y nadie ha aplicado jamás.
¿"Love Story" es un clásico o merece el odio? Es la búsqueda de lo bonito y lo accesible en un solo producto, cosa muy habitual en el cine norteamericano desde sus inicios, y es clásica en el sentido de que es ingenua y, a la vez, está manufacturada. Es todo corazón y, a la vez, es puro pop. 
También es un melodrama. Tardío y no demasiado arrebatado, pero melodrama. Desde que muchos entienden todavía que llamar melodrama es descalificar, pues ahí estará la disyuntiva.


Yo quiero a "Love Story". Sin mucha pasión, pero sí, la quiero. Debe recordarme a las historias de amor que nunca he vivido o a los cuellos de borreguito que jamás he abrazado. Quizá simplemente es una película, un icono, una sucesión de imágenes con intención, emitidas un día a mis sugestionables retinas adolescentes y repetidas ayer a mis nostálgicas neuronas treinteañeras.
Ya lo dije en cierta ocasión: el cine es el amor de mi vida. Y él y yo jamás tendremos que decirnos lo siento.

jueves, 16 de abril de 2015

La Corona de Harrison Ford


Hermosa, tan favorecedora faz del éxito norteamericano, Harrison Ford fue el rey incontestable de una época.
Nuestras vidas se tropezaban con su rostro ceñudo en todas partes: en los grandes carteles, en las películas que estrenaban en televisión a las nueve de la noche, en las portadas de las revistas, ya fuera pistola en mano, vestido de smoking o con el látigo bien preparado. 
Harrison también irrumpía en sueños, eróticos o no, porque era el héroe depurado, porque estaba buenísimo, porque Hollywood consigue meterse en nuestras ensoñaciones tanto como en nuestras vigilias.
Harrison Ford, buena mezcla de sueño y realidad, es ese tipo duro encantador, un actor trabajador antes que genial y un señor de extraordinario buen ver, con un cuerpo atlético, pero sin excesos. 
Parece que lo modelaron en una fragua sabida de nuestros delirios. Regresa la pregunta: Hollywood, ¿se puede saber dónde encuentras estos buenos materiales?


Harrison se convirtió en una estrella en una era donde se pregonaba que las estrellas ya no existían.
Natural heredero de sus dos actores favoritos - Gary Cooper y Gregory Peck -, siempre quiso ser el hombre de acción que piensa antes de meter el puñetazo. 
Sus personajes no responden a impulsos, sino que aspiran a manejar la situación con lo que tienen dentro de sus cabezas. Se mueven por ética, por justicia, por salvar el día. Y Harrison corre como corriera cualquiera: con la mandíbula apretada, con todo el cuerpo y con cara de ay, que me atrapan.
Durante los años ochenta, fue el macho al que todos querían parecerse y al que tantos y tantas querían meter en la cama. Tom Cruise era demasiado aniñado, Mel Gibson, demasiado estridente, Arnold Schwarzenegger, demasiado nada.
Harrison los superaba casi sin esforzarse, incluso cuando se limitaba a interpretar personajes que se llaman Jack. 


La cicatriz en el mentón, la mirada de perrito, la sonrisa de socarrón; Harrison Ford viste de chaqueta con la misma convicción que aparece lleno de mierda desde un puente colgante. Con Harrison, se va a la aventura y, a la vez, se despierta a la sensación de estar en casa.
Los negociantes de Tinseltown lo reconocieron durante mucho tiempo como una garantía de negocio seguro; no en vano, sumadas las recaudaciones de sus películas, es el actor más taquillero de la Historia. 
Pero Harrison también tiene su buena nómina de títulos incomprendidos que han despertado a una adoración postrera. Harrison Ford, además de estrellona del cine comercial, ha sido un tipo de culto.
Como su vida privada se ha dicho hermética, gran parte de la verdad sobre Harrison es una historia que quizá se cuente mañana. 
¿Es Indiana Jones?, tal y como dicen los directores que lo conocen o del modo en que se vislumbra en sus hazañas cotidianas, desde estamparse con aviones hasta sus obras sociales. ¿O es sólo ese enésimo espejo de perfección en el que queremos mirarnos?
El tiempo y las biografías más jugosas nos lo dirán.


Harrison Ford aseguró en cierta ocasión que su interés por la interpretación fue tardío, casi accidental, siempre inseguro. Aún así, sus padres habían sido actores durante cierto tiempo y los dos habían abandonado la profesión artística por trabajos más estables.
Desde Chicago hasta Los Ángeles, desde su nacimiento en 1942 hasta su llegada a los estudios televisivos de los años sesenta, Harrison se subió a las tablas para superar su timidez y le tomó gusto al asunto, buen hijo de sus padres. Y, quizá por el mismo ejemplo paternal, dudó hasta el último día de que tuviera futuro en la actuación.
Firmado un contrato con la Columbia como extra televisivo, las primeras apariciones de Harrison Ford, algunas no acreditadas y muchas siquiera con una línea de diálogo, se contaron entre dos décadas y terminaron por desesperarlo. 
Para proveer a su familia - por entonces, estaba casado con Mary Marquard, con quien tuvo dos hijos -, decidió buscar una ocupación más provechosa.


De manera autodidacta, Harrison Ford se entregó por completo a la carpintería y, en cuestión de pocos años, se convirtió en uno de los profesionales de moda en Los Ángeles, demandado por gente importante y actores conocidos.
Y ahí está la leyenda. Tanto George Lucas como Francis Ford Coppola, los directores que lo descubrieron para el cine, lo conocieron por pedir sus servicios como carpintero. A Lucas le construyó unos gabinetes en su casa y, para Coppola, se encargó de la ampliación de su oficina.
Ambos, agradecidos y quizá sabidos del desperdiciado empuje y enterados del obvio físico del muchacho, le ofrecieron papeles secundarios en sus películas.


El primer rol relevante de Harrison fue Bob Falfa para "American Graffiti", mientras Coppola le brindaba intervenciones, muy inusuales en retrospectiva, en la torva "La Conversación", donde Harrison era un inquietante middle man, y en la épica "Apocalipsis Now", en la que aparece brevemente como el militar encargado de explicar la misión a la que se enfrentará el protagonista.
Colocarlo de Han Solo fue una decidida apuesta, como lo era todo en "La Guerra de las Galaxias". 
Harrison no era conocido, pero tampoco sus jóvenes compañeros de reparto, y además la película era un ejercicio de nostalgia, como tantos que se hacían en aquella época. 
En 1977, "La Guerra de las Galaxias" demolía las expectativas e inaguraba el cine como ese parque de atracciones donde los niños podían gritar hasta desgañitarse; era la chocolatina hecha motion picture. 
Y Harrison, como el canalla, hermoso Han Solo, individualista hasta el minuto en que hay que dejar de serlo, encantó a las audiencias.
Él entendió entonces que tratar la madera ahora iba a ser sólo un hobby.


Han Solo inauguró la buena racha de Harrison Ford y también su personalidad blockbuster, aunque habría que esperar unos años para repetir el mismo estallido de excitación en las plateas.
1980 traía la intrigante secuela, "El Imperio Contraataca", más oscura y compleja, en la que una de las imágenes más terroríficas era aquel gesto de Han petrificado en carbonita, justo después de decirle a Leia que I love you
Aquella segunda parte de la saga galáctica fue un auténtico eclipse total de corazón y la carbonita mental de la sugestionada generación no se desharía hasta conocer el desenlace.


La buena relación con Lucas bien pudo ser el pase directo al siguiente juguete que preparaba, esta vez con Steven Spielberg detrás de la cámara, pero lo cierto es que Indiana Jones iba a ser Tom Selleck. Como éste no estaba disponible, llamaron a Harrison. ¿Cómo se te queda el magín?


"En Busca del Arca Perdida" presentó al arqueólogo maromial como personaje para la posteridad y las salas de 1981 se reventaron con otro serial retrofílico que entusiasmó a la chavalada. Harrison, aún más caliente, abría la veda de sus héroes inteligentes y nos contaba del íntimo placer de verlo magullado. 
Es axioma: si un personaje de Harrison sufre una herida, es probable que lo siguiente sea un óptimo descamisamiento.


Al año siguiente, Harrison aparecía en su película más ambiciosa: "Blade Runner".
Era Deckard, el encargado de cazar androides sentimentales en una congestionada y futurible Los Ángeles. 
En su momento, la esplendorosa obra maestra de la ciencia ficción se tropezó con una soberana indiferencia, pero no pareció afectar a la probidad de Harrison como leading man. De hecho, fue la refutación tras Indiana Jones. 
El tiempo puso a "Blade Runner" en su lugar y, como protagonista, Harrison se ganaba tantos corazones entre la cinefilia sesuda como los que se afirmaba entre el gran público.


Volver a sus seres estrella siempre ha sido el movimiento preferido de Harrison, y los ochenta exigían más Han Solo para "El Retorno del Jedi" y más Indiana Jones, ya fuera en el Templo Maldito o en la Última Cruzada, donde deleitó con una gran química con Sean Connery.


En medio, se permitió cambiar de registro y, en ocasiones, acertando de pleno y agradando también al público que prefería verlo en acción.
Fue inusual su detective policial escondido en una comunidad amish para la también insólita "Único Testigo"; para muchos, su más fina y poderosa interpretación.
Hasta la fecha, representa su única nominación al Oscar.


Peter Weir lo dirigió en ese "Único Testigo", y también lo condujo en "La Costa de los Mosquitos", según la alegórica novela de Paul Theroux. 
Sería por el cambio integral de su imagen o por las reservas ante una película genuinamente complicada, "La Costa de los Mosquitos" fue saludada a su estreno como uno de los auténticos tropiezos de Harrison Ford, quien, no obstante, la considera su aventura más arriesgada y una predilecta de su filmografía.


Gustoso de la versatilidad, se le vio con el pelo tazón y agobiadísimo para Polanski en "Frenético" y suave y cómico para la fantasía yuppie "Armas de Mujer", donde, como buen caballero, dejó que Melanie Griffith y Sigourney Weaver le robaran la cardada función. 
Aún así, era difícil resistirse a él. Como le dice Sigourney en "Armas de Mujer": "ay, había olvidado lo guapo que eres". 


Los números en taquilla lo recordaron con el crepúsculo de la década, que lo veía mejor huyendo de los malos como Jack Ryan que amnésico como Henry.
Los noventa se pregonaban terreno de artefactos musculosos como "Juego de Patriotas" o "El Fugitivo", donde Harrison no paraba de correr, de herirse, de trepidar. 
Madurez envidiable, el pelo tan peinado. Un Harrison Ford más conservador en aspecto, pero con su corazón siempre latiendo demócrata y preparado para el triunfo de su colega Bill Clinton. 


La corona de Hollywood era indisputable, mientras los rumores lo contaban como todo un gruñón en los rodajes. 
Siempre muy independiente y asqueado de la compraventa de la vida privada en el negocio del espectáculo, se agenció un señor rancho, donde todavía practica sus dos pasiones: la carpintería y los aviones. En una ocasión, relató que, a veces, se subía al avión si tenía ganas de salir a por una hamburguesa.
Aunque poco se ha dicho de su vida personal y ni sus cinco hijos ni sus dos ex mujeres le han dado disgustos en público, el divorcio de la guionista Melissa Mathison, su segunda esposa, sí ocupó líneas de prensa en 2004 por ser el más caro de la historia de Hollywood hasta entonces.
Los mismos periodistas volvieron a sacar la lupa cuando se comentó que, en una ceremonia de los Globos de Oro, Harrison había conocido a Calista Flockhart, la popular Ally McBeal.
Tras muchos años de relación y rumorología, terminaría por convertirla en la tercera señora de Ford, mientras conservaba su interés por contar cero detalles a los medios de comunicación.


Su carrera cinematográfica lo ha confirmado como superviviente, pero las alegrías han sido menos de las esperadas y pocos de sus títulos desde finales de los noventa han pregnado en el imaginario colectivo. 
Se permitió un regreso a su personaje estrella por la alegría de reencontrarse con Steven Spielberg y Karen Allen y con la vanidad de contar al mundo de que quien tuvo, retiene.
Los fans odiaron la innecesaria "Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal", pero Harrison se salió con la suya al demostrar que es el viejo más marchoso de la comarca.


En las últimas décadas, se reserva y se prefiere esporádico, e incluso ahora se quiere secundario, quizá porque ya no está para mayores trotes, tal vez porque la función no está tan asegurada incluso para los que aún son tan amados. 
A pesar de todo, parar es imposible para este inquieto y ahí se daba una buena hostia hace unas semanas cuando salía a pasear con el avión, a su 72 años. 
Al mundo se le cortó el aliento un segundo ante la gravedad del accidente, pero estamos hablando de Indy, bitches
Si para el eterno regreso a Indiana Jones siempre está dispuesto, Harrison confesaba que Han Solo era un personaje superado, que no volvería a él. 
Nunca digas nunca, y estas Navidades vuelven las "Star Wars" y yo me pregunto si acaso se habían ido alguna vez. 
Treinta años después de "El Retorno del Jedi", Harrison Ford reaparece como Han Solo en "The Force Awakens". 


"Chewie, we're home", dice en el trailer difundido esta misma tarde, justo cuando he comprendido que esa película va a arrasar como si no hubiera mañana para los justos.
Chewbacca es el mismo de siempre, Harrison, casi que también. Volver a casa, conocida sensación con un hombre al que odiar jamás ha sido una opción.
Yo, sencillamente, me lo zampaba entero.