viernes, 26 de diciembre de 2014

Príncipe Tyrone


Estrella de Hollywood de primer orden y uno de los actores más populares y queridos de la Historia, la belleza principesca y el profundo encanto de Tyrone fueron la simple, inescapable clave. 
Debajo de sus personajes, por encima de sus ambiciones artísticas, Tyrone era un rostro, un perfil, un síntoma, un espejismo de perfección. Era angelical y viril al mismo tiempo; es decir, la bomba. 
Cuando le preguntaron a Barbara Cartland cómo había escrito unas novelas tan calientes siendo aún virgen, ella respondió: "Por entonces no necesitábamos el sexo. Teníamos a Tyrone Power".
Durante una época, más allá de los años, de las revistas, de las modas, Tyrone Power era sinónimo de todo lo que se contaba hermoso y sensual en este mundo. 



Hacía ganar dinero a espuertas con sus apariciones cinematográficas y Darryl F. Zanuck lo agarraba en la Fox cual puño cerrado de un niño egoísta con un caramelo. Era un caramelo, sí. 
Tan serio, con esas gruesas cejas sobre sus volcánicos ojos de oscuridad. En la belleza de Tyrone siempre se vio un reflejo del alma. La de Tyrone y la de sus fans. De nuevo, todo lo hermoso y sensual que hay en este mundo.


Nuestras abuelas se morían por él y su nombre se imprimía en corazones mitómanos. Si el análisis superficial lo cataloga como flamante espadachín, Tyrone interpretó a galanes para toda clase de géneros, aunque como las estrellas de entonces, siempre fue el mismo, reconocible, idolatrable Power.
Aunque la edad ajaría su idílico rostro, sus ojos instigaron la seducción desde el primer hasta el último día y esa mirada firme, sincera siempre se confesó a la búsqueda de algo más que los estereotipados corsés de Hollywood. 
Cuando se alegraba, oh, esa sonrisa. ¿Hay algo más asombroso que la sonrisa de Tyrone Power?


La propia historia de Tyrone se cuenta como una película de Hollywood, con deseos, aplausos, riquezas, mujeres bellas, dudas, la pausa de la guerra, el regreso a casa y un inesperado final, que llenó las notas de prensa, obligó a agarrar pañuelos y confió el hombre a la memoria.


El joven Tyrone se presentó en Nueva York un buen día, a la puerta de su padre. Lo conocía poco. Tyrone Power, Sr era un reputado actor teatral, cuya familia había sido poco menos que una pausa entre giras y obligaciones que lo llevaban a lo largo del país. 
Las ausencias habían dado al traste con el matrimonio de sus padres cuando era niño, pero el joven Tyrone estaba allí, con las maletas en la mano, para continuar la tradición familiar, para aprenderlo todo.
El corazón le falló Tyrone Sr. mientras preparaba una obra y la triste historia empieza cuando el padre falleció en los brazos del hijo. 
Éste, tras el luto, se recompuso y tocó puerta tras puerta, en busca de la oportunidad.
Durante cierto tiempo, fue difícil y Tyrone vivió entre las negativas de Hollywood y los pequeños papeles de Broadway. Quienes lo recibían, expresaban admiración por el padre, sí, pero no tenían nada para el hijo.
El director Henry King lo descubrió. Quedó impactado por su belleza y elegancia y lo quiso para "Lloyd's Of London", melodrama historicista que la Fox planeaba como vehículo para Don Ameche. 
Zanuck no estaba convencido con el cambio que proponía King, pero accedió finalmente. Tyrone debutó acreditado en cuarto lugar, pese a ser el protagonista.


Sería primera y última vez que lo relegaban a un puesto inferior. 
Se iniciaba entonces una de las carreras más fulgurantes de la historia de Hollywood: durante una década, ni una sola de sus películas perdió dinero. 
Zanuck sólo lo prestó una vez a la Metro Goldwyn Mayer para "María Antonieta" y dijo que nunca más. Tyrone era suyo y sólo suyo, y éste le dio alegrías, una y otra vez, a lo largo de los años.


Dramas, comedias románticas, musicales, westerns, películas bélicas, Tyrone brillaba como el héroe de todas ellas. Se lo colocara al lado de Alice Faye, Linda Darnell, Rita Hayworth, Gene Tierney o demás damas de la Fox, él era el valor seguro.


Los críticos nunca lo apreciaron demasiado y la Academia jamás lo tuvo siquiera en consideración. Lo veían demasiado guapo para transmitir algo más que pura belleza y un mediano registro dramático.
Quizá lo desinsipirado que se sentía con el material que le tocaba en ocasiones puede disculparlo.


Aún así, su resuelto ceño se traducía en hipnóticos nenes de acción para costosas producciones como "Chicago" o "Jesse James", donde transitaba desde el almidón hasta las pistolas, desde el aterciopelado blanco y negro hasta el restallante Technicolor, que también adoraba su rostro.


Pero fue con "El Signo del Zorro" cuando Hollywood se volvió definitivamente majareta por Tyrone, que, con antifaz o sin él, se proclamaba sucesor de Douglas Fairbanks y Errol Flynn.
La capa y la espada, sí. Basil Rathbone elogiaría su empleo de la última, y ahí estaban los, en duelo clásico de brillantes aceros y modélicos perfiles.


En 1939, con su estatus disparado por las nubes, se casaba, de repente y sin avisar, con Annabella.
La encantadora actriz francesa, descubierta por Jean Renoir un día e instalada en Hollywood al siguiente, diría que "ni Zanuck podía destruir nuestro amor".
Fue una sorpresa que el soltero de oro se desposase, aunque su matrimonio sufriría muchos embates y sobreviviría mal y condenado, entre las tristezas de Annabella y las desazones de Tyrone.


Las revistas de cotilleo señalaron al romance de Tyrone con Judy Garland como el motivo de la separación, pero Annabella siempre culpó a la guerra. 
Cuando la sensible Annabella se enteró de la ocupación de Francia, se deprimió y se enfrascó en su trabajo, aceptando giras teatrales y largas jornadas fuera de casa. Descuidó a su Ty, mientras se decía incapaz de darle un hijo. 
Entonces, él se alistó.
En 1943, Tyrone Power se unía a la aviación y destacaba como excelente piloto. Durante años, su carrera cinematográfica estuvo en una obligada pausa, mientras el mundo se moría por noticias de sus logros militares. 


Tras el entrenamiento, Power entraría en batalla en varias ocasiones y salió condecorado y lleno de títulos y elogios, con las heridas justas.
Annabella diría que volvió distinto y al matrimonio sólo le quedaron las dos firmas del divorcio y una tranquila amistad.
En cualquier caso, Tyrone se decía dispuesto a regresar a Hollywood.
Darryl Zanuck le tenía preparada una alfombra roja para su retorno: "El Filo de la Navaja", la lujosa adaptación de la novela de Somerset Maugham.
Era la historia de un héroe de guerra que vuelve a casa y no se conforma con el orden establecido. 
La película se embebía de mensaje inspirador, pero también de bellezón sin ambages, uniendo a Tyrone con la exquisita Gene Tierney.


A continuación, Tyrone luchó a brazo partido para protagonizar el noir "El Callejón de Las Almas Perdidas", en el que interpretaba a un buscavidas de circo. 
Ni a Zanuck ni al público de 1947 les gustó el sombrío resultado, aunque la película ganaría un estatus de culto y Power recibió por primera vez elogiosas notas de prensa.


Volvieron los espadachines a sus agendas y demostró la pervivencia de su gloriosa forma física como el pirata maromial de "El Cisne Negro".
Pero Tyrone ya no se sentía cómodo en esos trotes y Hollywood se le hacía piedra en el zapato.


Como su personaje de "El Filo de la Navaja", Power quería algo más y Zanuck supo que debía dejarlo marchar, poco a poco.
El teatro ocupó sus intereses durante los años cincuenta, aquellos donde sólo volvía al cine entre la obligación y la nostalgia.
Veía entonces nacer a sus dos hijas, Romina y Taryn, de su segundo matrimonio con Linda Christian, mientras las marcas de la edad surcaban sus mejillas.
Tyrone se hacía mayor a los cuarenta años, demasiado pronto a los ojos de todos.


En "The Sun Also Rises", la edad lo hacía inadecuado, pero estaba sencillamente ideal en "Testigo de Cargo", como el procesado chuloviejas. El ídolo de matinée, ahora envejecido, servía como un guante para el personaje.
En cualquier caso, nadie podía predecir que esa sería su última película. 
Con su tercera mujer, Deborah Minardos, por entonces embarazada, Tyrone aterrizó en España para participar en la superproducción "Salomón y la Reina de Saba", que lo veía nuevamente de época y espada en mano, allá por 1958.
Sucedió en los ensayos cuando practicaba el duelo a sables con George Sanders. Tras días de esfuerzo físico, Tyrone se retiró, exhausto.
Como su padre, murió con las botas puestas. Como su padre, el diagnóstico fue un ataque fulminante al corazón.
Tenía sólo 45 años. 
Su hijo, Tyrone, Jr, nacería dos meses después, cuando todavía nadie podía sacudirse el luto.
¿Cómo se había muerto tan pronto? ¿En serio se había acabado la historia de amor que guardaba el mundo con Tyrone Power?
El entierro se vistió honores militares y Henry King, aquel que lo descubrió y lo dirigió en once películas, sobrevoló en avioneta el funeral. Para estar más cerca de él, aseguró.
Lo enterraron en el lugar más hermoso del cementerio. En la lápida, se inscribieron las máscaras del Drama y la Comedia. 
Y también la frase precisa: "Buenas noches, dulce príncipe".


Diez años después, los Beatles incluían sin dudarlo su rostro en la portada del disco "Sgt. Peeper's Lonely Hearts Club Band" como quien graba al mito en el tótem de todos los mitos.
Y quien quiera que lo recuperase en sus clásicos u oyese los suspiros de los que recordaban debió saber, en todo momento, que la historia de amor jamás ha terminado. 
El triste final sólo lo hizo más hermoso. Que ya es decir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario