sábado, 21 de febrero de 2015

La Buena Paja


Cuentan los datos de recaudación que cierta película arrasó - y de qué manera - el pasado fin de semana. 
Eso sí, las anécdotas de lo vivido en las salas de proyección superan - y de qué manera - a lo visto en la pantalla, que se ha encontrado con risas, abucheos, suspiros de tedio y más de una indignación ante el resultado. Poca lástima me dan, quién les mandó pagar por eso, mis hijos.
En una proyección de "Cincuenta Sombras de Grey" en la ciudad escocesa de Glasgow, un hombre fue herido por una botella, esgrimida por una furiosa mujer.
Ésta reaccionó de la peor manera ante el "chstt" que el señor le hizo a ella y a sus dos amigas para que pararan de cotorrear. Las tres habladoras iracundas fueron detenidas, mientras los encargados limpiaban la sangre del suelo.
Muy lejos de allí, en la provincia mexicana de Sinaloa, los responsables de una sala de cine consideraron que una mujer de treinta años estaba cometiendo un acto de pública indecencia. La interfecta se estaba haciendo una paja, nada más y nada menos. Motivada por "Cincuenta Sombras de Grey", que ya hay que estar motivada para excitarse con ese blandiblú, la pajienta fue expulsada del cine. Ande ella caliente, se quedó con las ganas de terminar. No hay cosa peor que una paja interruptus. 
Hoy no hablaremos de Grey, sino de la paja. De todas las pajas. De la masturbación. de la estrecha relación entre las manos y los genitales, de la frotación buscada, del ejercicio de la autosatisfacción.
Lo que cierto experto glosó con eficacia: "En el siglo XIX, era una enfermedad; en el siglo XX, es una cura".


Si alguien te dice que nunca se ha hecho una paja en su vida, te concedo todo el derecho del mundo a descojonarte en su cara. 
La masturbación es inevitable, como la gravedad: cuando cae, cae.
Sus beneficios son tan enormes que, si la gente se masturbase más y mejor, el nivel de problemáticas de este mundo descendería de manera considerable.
Hay quien no sabe que se masturba, especialmente los más tiernos infantes que lo hacen antes de saber hacerlo.
Los púberes se entregan a la masturbación como quien halla el oro. Entre las angustias y las aflicciones del crecer, es maravilla descubrir que puedes tocarte y consolarte, que dominas esa ebullición hormonal, que no estás solo si estás contigo.
Y los adultos también se pajean, claro. 
La frecuencia varía. Yo soy un pajiento declarado. Dos al día, mínimo, y he atravesado épocas que sólo podía estar satisfecho tras la cuarta.
Otras y otros lo dejan para una cuestión semanal, para una reacción puntual o para un alivio de dolores.
Traéme aquí esas pajas, dijo el personal.


La tragedia inherente a la masturbación viene de la herencia decimonónica, de la cultura pecaminosa, de la sensación de que algo tan satisfactorio debe guardar gato encerrado. 
La inmensa cantidad de leyendas en torno a la paja se contrasta con la escasa prensa que ha tenido, con el jiji que todavía despierta y con la increíble vigencia del tabú que se cierne sobre su práctica, especialmente en cuerpos femeninos.
La masturbación, prohibida y perseguida a ojos vistas, aún se encierra tras la puerta y el pestillo, todavía se callan sus orgasmos y, si te pillan en un cine con el dedo en la tecla, a la calle.
La mujer de Sinaloa bien lo sabía, pero reinó el impulso irrefrenable. 
Por fin, una película erótica comercial que se dirige a ella y tanta soledad sólo se compensa con los dígitos de la mano. No es una pionera - como tampoco lo es la película -, pero todo lo acontecido habla de que las mujeres tienen las mismas ganas de jaleo que los hombres. 
Éstos llevan pajeándose en el cine desde tiempos inmemoriales, del mismo modo que más del noventa por ciento confiesa que se masturba habitualmente.
El porcentaje restante, jeje. Quizá se sienta culpable y no lo diga.


Correrse era obligado en películas que venían con toda la expectación erótica.
Los mozalbetes se sacaban la polla nada más empezar "Gilda", sólo porque estaba condenada por la Iglesia Católica, sin esperar al striptease, ante el morbo de ver algo prohibido y para sofocar la represión sexual de las noches franquistas a razón de cinco dedos. 
Por entonces, masturbarse era igual de habitual, pero se concebía como una debilidad y se perseguía activamente.
Desde el siglo XIX, el victorianismo lo consideró una precursora de manías, histerias y padecimientos mentales, y sus presuntas consecuencias preocuparon a los más puritanos expertos.
No todas las religiones lo condenan y hay alguna que hasta lo sacraliza, pero Occidente no ha sido lugar para confesar pajas, más allá de contárselas al sacerdote de guardia en acto de contricción.
Como decía, es cuestión de gravedad y quien no se masturba, probablemente se frote contra los quicios de la puerta, amanezca chorreando o haya asumido una doctrina espartana que lo convierta en un hijo de puta con todo ese líquido ahí dentro.
Las épocas lo contaron: semen retentum, venenum est.
De estigmatizarlo y callarlo bajo los edredones, los eminentes expertos del mundo decidieron recomendarlo como antiestresante, como peregrino sustituto a relaciones sexuales demasiado tempranas y/o peligrosas y, para los caballeros, como posible prevención contra el cáncer prostático. Sucedía durante el siglo pasado, aunque yo, que nací y crecí en sus finales, soy testigo de que la paja todavía era incorrecta, se hablaba poco y mal de ella, aún cundían las leyendas de que te salían bultos en la mano y, de algún modo, quedaban raciones de culpa y desazón, ahí bien mezcladas con el orgasmo, como bien gusta al judeocristianismo.


Muy probable que ahora la actitud sea otra, por simple exposición de motivos y por Internet. 
Al fin y al cabo, muchos se empezaron a conectar a la red de redes, porque ofrecía porno rápido y barato. El milagro, de nuevo: no tener que pensar para hacerse una paja. Sólo procurar que el ratón del ordenador no huela demasiado a cojoncillos.
El porno, que está diseñado para hacerte eyacular a base de lanzar imágenes y sonidos contundentes que despiertan la líbido y aprehenden la imaginación erótica de la sociedad, ha sido el compañero habitual de la masturbación. Ha fallado como educador sexual y ni siquiera es una elogiosa imitación a la vida, porque sus ficciones superan a la realidad y nunca permiten lo contrario. 
Se vende para el corazón de los solitarios, entre un mercado internacional que lo demanda online o por correo. 
Saltaban a la luz los números: el Medio Oeste más conservador y religioso de Norteamérica es quien más lo paga. Para sus pajas culposas, para sus puertas cerradas.
Para darle la mano al repartidor, deseando éste por siempre que esa mano no haya tocado gónada antes de abrir la puerta.


Correos, correos, clamaron las ondas. El sexo mueve al mundo, como una obsesión, algo que hay que hacer para triunfar, para ser feliz, para apuntarse un tanto y decir: oh, follo, oh, me corro, oh, sí, sí, como Sharon Stone, oh, sí, oh, sí, sigue, sigue. 
Pero no todos follan y la hipersexualizada realidad, que siempre ha existido, incluso oculta bajo los más estrictos corsés, fundamenta las motivaciones autoeróticas, 
Mis primeras pajas venían inspiradas por casi cualquier cosa que llamara a sexo. Un ombligo, una palabra, un chico que levantaba el brazo y enseñaba la axila. Arrancando, que vamos.
Con los años, motivarse es más complicado, por lo que las fantasías, imaginadas en la mente o buscadas en el porno, han de ser más sucias. Los escenarios, más complejos. Los pechos, más peludos. Las pollas, más grandes y olorosas. Ah, de la dramaturgia de la paja, qué mundo particular, qué universo paralelo que cuenta más a los seres humanos que cualquier cosa a la vista. 
Y, claro, este paseo por la masturbación debe parar necesariamente en el dormitorio de las señoritas y en su cajón de la mesilla de noche, ese donde se guarda el consolador, al que muchas hasta bautizan. 
"Yo lo llamaba Dámaso, porque en la caja ponía que era el Dedo de la Dama. Ay, Dámaso...", contó una prima mía con ojos de nostalgia.


La masturbación femenina, que escala del dedo índice hasta el pollón de látex, es el secreto que permanece encerrado en ese bául de la sexualidad de las hembras. Baúl que hasta muchas de ellas desconocen o con el que guardan una complicada relación. 
Las pajas de los chicos suscitan risas y última comprensión; las de las mujeres, inquietud y extrañeza. En las encuestas, los números de mujeres que afirman masturbarse descienden sensiblemente en torno a los hombres. ¿Lo confiesan menos o no lo hacen tanto?
Recuerdo una compañera de clase que asustóse al descubrir que los hombres se masturbaban diariamente y puso una cara entre soliviantada y asqueada que haría las delicias de cualquier educación religiosa.
Como la que folla mucho es una guarra a ojos de la sociedad, quien se toquetea por ahí abajo con frecuencia también debe serlo, por lo que la masturbación femenina ha conocido - y conoce - de la ley del silencio, de la renuncia a la pertinaz experimentación y de todo el enigma concerniente. 
Yo mismo no tengo gran idea de las pajas de las mujeres. Será porque no me gustan, será porque vivo en este planeta. 
Quien vio la paja en el ojo ajeno, se olvidó de hacerse una. 
¿Y de las pajas compartidas? ¿Se puede llamar masturbación si uno se estimula acompañado? ¿O si se hace un oportuno cambio de manos? 
Dicen que sí y yo me pregunto si el hecho de que esa masturbación siga llamándose masturbación simboliza la realidad de que, al final, siempre te corres solo. 


Allá por mis catorce años, rememoro a mis compañeros de colegio que estaban todo el día con la polla fuera. Se reunían a hacerse pajas. Se ponían en círculo, colocaban una revista porno en el medio y dale que dale. 
- Es cosa de hombres - dirán los interfectos para evitar etiquetas de homoeroticidad.
Cosa de hombres es también cambiar de manos y hacer un favor al compañero, aunque este sea terreno de ulteriores intrépidos.
Un caballero con el que estuve liado me contó que, de adolescente, lo hacía con sus hermanos mayores, los mismos que lo enseñaron a masturbarse. 
Se cambiaban las manos, sin pensar en lo incestuoso del asunto y, entre paja y paja, se enteraron de que el más jovenzuelo era gay de tan diestro y entusiasta que se mostraba con el invento.
Cierto señor muy facha que salió en la televisión dijo una vez:
- Las pajas son una guarrada. Y ya hay mujeres guapas en España para que me las hagan.
Los contertulios lo llamaron hipócrita y uno llegó a decir que se metía con el mayor placer que existe sobre la Tierra. 
También el señor facha hablaba de un típico error de cálculo: que tener pareja implica olvidarse del placer solitario. Error, craso error. 
Quien haya dejado de masturbarse porque está en una relación o quien se sienta culpable al seguir haciéndolo olvida lo básico. 
El sexo es más que una cosa que sucede entre las personas, es aquello que ocurre con nuestro propio cuerpo. 
Ese cuerpo que no debe ser menos atendido por el titular sólo porque comparta cama y vida con otro.


Así que, amigos y amigas, este proyecto de sexólogo llamado Josito Montez os recomienda todas las pajas, porque salvan el mundo, porque son gratis, porque son para ti, porque recuerdan que, como la dignidad, son lo que queda cuando no queda nada.
Hágase una paja, amigo mío. Sea una paja, my friend


Hoy yo ya me hecho una - la imprescindible antes de escribir - y ahora mismo me haré otra. Porque hablar de estas cosas, ya se sabe.
Ay, mano derecha de mi delirio.

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