viernes, 30 de enero de 2015

Pelocracia


Esta historia del pelo debe comenzar por una peluquería.
Sucedió esta misma tarde. Yo, sin camisa, boca abajo en una camilla, y el tirón de la cera depilatoria. Aaaaay.
- ¿Cómo he llegado hasta aquí? - pensé.
Oh, la pregunta de todo ser humano. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Los pelos también se lo preguntarán al verse adheridos a las pegajosas tiras. En un instante, pasaron de mi epidermis a la basura. Pobres pelos. 
- ¿Cómo he llegado hasta aquí?
Para responder, hay que entender que la historia de mi pelo es la Historia del pelo.
Los seres humanos son animales - y lo demuestran a diario, en su vertiente bestias -, y, en algún lugar de nuestra genética, quedó el revestimiento térmico del vello y el cabello. 
Ni los monos ni los perros tienen conciencia de lo peludos que son. Lo valoran cuando los inviernos son menos inviernos y sufren cuando se llenan de parásitos o cuando el día de calor es insufrible.


Esas angustias también forman parte de las cuitas humanas en torno a los pelos, pero no son las únicas. El pelo es una obsesión íntima, es una muestra de estatus, es un derroche de estética, es algo que se quita, se cae o se voluminiza. Quítame allá esos pelos, pero ponme un moño como Barbara Parkins, por favor.
Desde el cabello hasta el vello púbico, desde los bigotes a los pelos del culo, lo piloso preocupa e inquieta. 
Es también un festín para el sexismo. Si un hombre a se le cae el cabello o tiene demasiado vello, se le disculpará o, a lo sumo, se le llamará descuidado. 
Si una mujer no tiene un pelazo bien peinado y limpio en la cabeza, si se deja crecer algo de vello en alguna otra parte del cuerpo o si tiene un bosque por donde mora Venus, es una cochina y/o una persona de la que reírse. Y si la pobre se queda calva, que se suicide, pero con la peluca puesta.


El pelo es una obsesión para las mujeres y lo ha sido históricamente. 
Cambiarán las estéticas y los valores, pero una mujer de buen cabello y nulo vello es lo que se entiende por una mujer. Y, para que una mujer se convierta paradójicamente en una mujer, debe depilarse o disfrazar las evidencias de que ella también desciende de la mona. Y toma tiras de cera sobre esos cuerpos, que han venido a este mundo a sufrir. Quítame allá esos pelos.
De manera más calmada, el pelo también es quimera para los hombres. De entrada, se perdonan las entradas. Los machotes tienden más a la alopecia, mientras el resto del cuerpo permanece bien provisto. De hecho, los tipos más velludos son los que más se quedan calvos. Lo que no quiere decir que la calvicie preocupe; desde los bisoñés hasta los más peripatéticos peinados, todos tratamos de cubrir el paso del tiempo y lo que el pelo se llevó.
Los hombres son seres de pelo y sólo en épocas recientes se les ha asignado la posibilidad de depilarse o, al menos, recortarse esas pelambreras.


En cierta década ominosa, la publicidad sentenció que tener mucho pelo era cochino y antiestético y, como jovenzuelo de los noventa, yo crecí en una época donde los torsos se reclamaban tersos como el culito de un bebé.
Las barbas y los bigotes también han tenido su Historia. Desde ser signos de virilidad a reliquias del pasado, o simples muestras de desaliño. Afeítese, hombre, que va a una entrevista de trabajo. La cara se llena de espuma y se afila la navaja.
Quíteme esos pelos, sálveme esos otros, así es la vida.
La gente sueña con pelos ajenos, con moños de otras épocas, con ideales de cabello. Por ejemplo, yo siempre he llorado por no tener un pelo como Christian Bale. Para mí, es el mejor pelo de todos los tiempos, porque es generoso, brillante y se peina con una mano.


Pero no todos somos Christian. A los mortales se les riza el pelo, se les carda, se les debilita de puro lacio, se les encrespa, se les llena de grasa o se muere y cae de tristeza. 
Cuando una persona se estresa, el pelo de la cabeza dice adiós. Cuando deja de estresarse, el pelo no vuelve.
El cabello es el oro. Se valora más por su excepción: es más débil, más pasajero y más a la vista de todos. El vello, por el contrario, es lo que nos iguala a los animales, es lo que escondemos bajo la ropa y, a diferencia del cabello, nunca se va. Tiene una resistencia equiparable a las dudas que tienen los humanos sobre él.
¿Es sucio el vello? En épocas de pelocracia, el mundo vuelve a decir que no. El vello siempre fue bello. Para los hombres, claro.


Las evoluciones depilatorias en los hombres y su rápida corrección tienen un ejemplo perfecto en nosotros, los gays y nuestras cuitas estéticas. De los bigotes setenteros a las fotodepilaciones noventeras, cambió el canon. De Tom Selleck a Apolo, el ideal era otro. Muchos no sólo se depilaban todo el cuerpo, sino que también atacaban las cejas con pinzas. Durante cierto tiempo, usted podía identificar la orientación sexual del caballero si le daba un extraño aspecto de Ken alienígena. Generalizando, por supuesto.
A continuación, ha sido al contrario. Si un hombre se depila las cejas, es probablemente heterosexual y/o firme candidato a algún programa televisivo de búsqueda de pareja.
La necesidad de que el hombre también se limpiara de pelo fue un apaño de la industria cosmética para acercarse a un nuevo público a lo largo de la citada década de los noventa y así convertirlo en la pareja perfecta de Barbie.
En esa disyuntiva, crecí yo y creció mi pelo. Qué difícil es la pubertad. Cuando me llené de pelos, cuánto sufrí, cuántas dudas, cuánta aflicción.
En aquellos tiempos, no me gustaba el pelo en los hombres. 
Sí desarrollé cierta atracción por los sobacos peludos y cuando un caballero subía el brazo y enseñaba la poblada axila, es probable que guardase bien la imagen en mi memoria para acompañar la próxima paja.


Pero el pelo en el pecho me parecía un espanto, quizá porque la publicidad jamás lo contaba.
Cuando a mí me salió el vello corporal a los quince años, estuve pensando seriamente en afeitármelo todo. No fue el único sitio. Los huevos ya eran un jardín piloso, de entre los sobacos asomaban sus vecinos y ya llevaba dos años afeitándome el bigote.
Lo peor fue el momento Cronenberg que paso a describir.
Tras un día de mucho sol y quemadura en un parque acuático, quedaron como testigos unas manchas a la altura del hombro izquierdo. 
Tintada la piel, comenzó a salir pelo de ahí también. ¿Hombros peludos? ¡Horror, horror! ¿Qué diría la gente? 
Me afeité esos pelos del hombro y me crecieron más, fuertes, duros, como cañones. Esos pelos, que hasta en estas épocas pelocráticas, no se ven en ningún sitio. Hablo de los pelos de la espalda, los pelos de los hombros. 
Y, desde el día en que quise matar a esos pelos y vinieron sus primos a cobrarse la venganza, yo también me tumbo en la mesa depilatoria y la cera, año tras año, los debilita, los aplaza. 
Porque, sí, yo tengo pelo en todas las partes del cuerpo.


El primer pelo en el pecho que me gustó no salió en la televisión, sino que se divisaba en mi clase del instituto. 
Era un chaval que tenía quince años y andaba hecho un hombre de tan peludo. Estaba buenísimo y el modo en que se le asomaban los pelos por la camiseta fue la manera en que me enamoré de los hombres muy velludos. 
De no gustarme, pasaron a encantarme y a olvidar que alguna vez no me deleitó su simple visión.


La hirsutofilia, o amor por los cuerpos peludos, se encuentra registrada como fijación en Wikipedia. La cosa hirsuta llama al sexo, porque allá donde hay pelo, hay mucho olor, y, claro, como una moto todo el personal. También, de manera estética, da la imagen de un hombre muy machote, que además ha superado esa década horrible de los noventa y se acepta tal y como es. Cuenta el proverbio que aceptarse es sexy.
Yo, que he sido un hirsutófilo tanto tiempo como he sido cinéfilo, no sabía si los pelos y mis pelos gustaban a los demás.
He oído a muchas mujeres repugnarse por el vello de los tíos y a una amiga he visto con pinzas depilándole los cuatros pelos del pecho a su novio. Estuve a punto de denunciarla por criminal, pero, en cambio, dejé que hiciera lo propio con mis pelitos del hombro.
Para gustos, hay mujeres con buen gusto y me consta que a la mayoría les gusta un torso peludo más que comer con los dedos.


Sucede igual con los gays que pasamos de Apolo a Ben Cohen y de ahí no nos movemos. Cuanto más vello y más aspecto de mono, mejor. En realidad, era un secreto que ahora se ha descubierto: nos gustan los hombres, no las estatuas neoclásicas.
El aspecto más unánimemente admirado por mis compañeros de cama ha sido mi pelo en el pecho. Un caballerete me registró en su móvil bajo el nombre de "Jose Pelitos" y otro, cuando me quité la camiseta, dijo:
- Eres como un regalo de Reyes.
Más tarde, se mostró dubitativo de un modo sublime, cuando me dijo:
- Ay, no sé si correrme en tu barba o en tu pecho.
El pelo abundante da morbo y caché. Si tienes en el pecho, llámame, porque ya me gustas.
Las barbas también han adquirido mucho predicamento en los últimos años y está muy de moda lucirlas, a lo salvaje o bien recortadas. 
Tono vikingo, llamada de la selva o manera de ocultar que no eres muy guapo.


La industria estética da pasos hacia los pelos y algunos hacia atrás. Todavía el exceso es considerado una cosa fea por algunos mierderos y a los tipos muy velludos suelen hacerles esos trimmings, que, a veces, son un poco criminales. 
Otros se depilan para que se note más la definición de sus músculos, y cuando la cosa se quiere familiar, limpia o bajo un extraño concepto de star-system, vuelven las cabronas epiladys.
La erotización colectiva sigue siendo tan machista que piensa que, para que un hombre resulte sexy y bello, la respuesta es feminizarlo, hacerlo bonito, quitarle el aspecto de mono.  


Ay, la pelocracia, qué gran invento. 
Esta tarde yacía reposado sobre la camilla de la peluquería para el ritual periódico de la depilación de la espalda y los hombros. En realidad, no sé por qué lo hago. 
Será porque, pese a que soy el más hursitófilo, también temo a los excesos y a esos pelos de atrás que nunca salen en las películas o porque todavía tengo el temor lejano de la pubertad remota. Oh, ¿qué pensará la gente? Ah, ¿qué pensarán ellos?


Muchas depiladoras de mi vida me han recomendado la luz pulsada para eliminarlos por completo y ahorrarme la cera, esa cuyo dolor equivale en ocasiones a sacar en un segundo un montón de cuchillos que no sabía tenía clavado.
- Así se te van del todo, hombre, y no tienes que andar con este sufrimiento.
De algún modo, no quiero que se vayan del todo. Quizá porque me definen de un modo íntimo. Era lo que me acomplejaba, lo que resolví con una primera tarde en la peluquería y lo que, al final, da igual. Voy cuando me acuerdo, por tradición. Y me aferro a ellos porque son yo. Porque espero el día en que otro caballero los bese y diga: me gustan, no te los quites más, me correré sobre ellos.
El vello es bello, sí, mide el calor que tenemos y el amor que buscamos.
Quíteme esos pelos, sálveme esos otros, así es la vida.

2 comentarios:

  1. Amén. Vivan los pelos bien puestos para hocicar alegremente en ellos...

    ResponderEliminar
  2. Como casi todo va en gustos, y en cuerpos, hay algunos que el vello favorece y otros a los que no. Así de simple. Por otro lado es una decisión personal en la que nunca se debe pensar en qué diga o piense nadie. Yo estoy en un término medio y me he depilado alguna vez, me gustaba estar pelado, pero me complicaba demasiado la vida y lo dejé. Lo que siempre he llevado y defendido a capa y espada es mi barba. Me la empecé a dejar cuando eran cuatro pelos, y ahí sigue contra viento y marea y eso que no es de esas que se dejan domar. Si dejara crecer pelo y barba sería una especie de pirata naufrago en plan salvaje. Pero mi barba que ni me la toquen. Un abrazo

    ResponderEliminar