miércoles, 17 de octubre de 2012

Maratón de Baile


Al pie de la escalera, en el exterior del recinto, bajo el sol de las doce, esperábamos los aspirantes. 
Sucedía hace una semana y allí estaba yo, con los auriculares puestos para que la música me impidiera oír el blablablá de una agorera cercana, dispuesta a radiar la situación y aventurar teorías sobre lo que nos esperaba.
A la hora en punto, el distorsionado sonido de un altavoz puso en guardia a todo el mundo. Me quité los auriculares. Se hizo el silencio, sólo para que una voz femenina empezara a desgranar las instrucciones a través del megáfono.
Todos miraban hacia lo alto de la escalera, de donde procedía la voz, expectantes.
Si aquello hubiese sido una película, un esposado habría salido de las puertas, porteado por dos policías. O bien, un notario aparecería con los resultados de unas elecciones políticas en sus manos. 
Pero esta voz recordó, por si alguien lo había olvidado, de lo que trataba el asunto de aquel mediodía de Madrid: un examen de oposiciones.
Alrededor de 45.000 personas habían presentado solicitud, por lo que la celebración del examen se había dilatado a lo largo de cuatro días. Cuatro llamamientos por día, con dos recintos feriales para cada llamamiento, con dos puertas para cada recinto ferial. Aquella era sólo una puerta de tantas otras y nosotros, sólo un porcentaje. 
La voz dijo que llamaría alfabéticamente. Aquellos nombrados subirían los escalones y entrarían en el pabellón en orden.


De repente, la voz comenzó a enumerar la lista como quien dispara una metralleta, escupiendo apellidos y nombres, sin ton y son, como si se hubiese vuelto loca. 
No sé que inquietaba más de la situación: la velocidad de la mujer tras la voz, las incontables ausencias o la cantidad de gente que se llama igual. 
Cuando me tocó el turno, esquivé a la agorera y subí las escaleras, entrando al sombrío recinto, lleno de mesas y sillas. No había nada más. Era un cascarón vacío, tan pobre que no podía ser ni triste, apañado para la nada glamourosa ocasión.
A la entrada y sentados, unos funcionarios esperaban a los aspirantes. Sus bolígrafos marcaban el nombre de todo el que entraba. 
Mientras me dirigía a uno de ellos, miré a la derecha y vi a la mujer detrás de la voz del megáfono. Era poco más que una niña y ahí seguía disparando apellidos y nombres, con cara de aflicción, tocándose la garganta mientras leía y escupía datos al microfóno. 
Si me hubiese visto, si me hubiera querido hablar, habría sido algo como:
- Sé muy bien que mañana estaré afónica.


Me senté a una de las mesas, dispuestas en rigurosas filas.
Los aspirantes nos íbamos colocando y sentando de manera militar, estrictamente dirigidos por un funcionario, el mismo que nos indicaba que pusiésemos nuestros documentos de identidad bien visibles sobre la mesa. 
Frente a mi grupo, había otro grupo de mesas, que miraban hacia nosotros. Era como contemplarse en un espejo y, a la vez, parecía otorgar un efecto disuasorio: "mira cuántos son, mírate a ti mismo en otros."
Si la cámara de algún gran director subiera hasta lo más alto, podría captar la inequívoca imagen de la colmena.


El altavoz, de nuevo. Esta vez, en manos de un caballerete bastante tosco, de esos que usan demasiado el "¿vale?" y el "¿eh?", para terminar sus frases. 
Si su compañera disparaba, éste prefería arengar como el ganadero que gusta de que sus reses no se le desmanden. 
Nadie tenía intención de desmandarse, todos lo escuchaban atentamente. Pero él tenía que decir "¿vale?" y "¿eh?" al terminar todas sus frases.
- Si os suena el móvil, os echamos, ¿vale? ¿eh?


El examen dio comienzo tras otro protocolo absurdo de sorteo y entrega. Se anunció que nadie podía salir hasta terminado el tiempo reglamentario, salvo que alguien decidiera renunciar a los diez minutos. Nadie renunció a los diez minutos.
Leí el examen y comprobé ciertamente las noticias que me habían llegado de días anteriores. Era un test completamente imposible. Cualquiera podría sentirse como Sarah Palin; aquello de "no es capaz de dar una respuesta, sino que ni siquiera entiende la pregunta".


Para quien no conozca estos éxamenes de oposición, podrían definirse como procesos selectuvos organizados por el Estado periódicamente para proveer puestos públicos de carácter permanente. En esta ocasión, se ofertaban poco más de 600 plazas.
El temario se anuncia con anterioridad y suele estar centrado en legislación general. Lo que cualquier estudiante de Derecho debe saberse también lo debe estudiar y memorizar el aspirante a administrativo del Ayuntamiento. No tiene sentido, pero es así.
Todos los que estábamos en esa colmena sabíamos que era así. Y sabíamos que habría preguntas no previstas en el temario y otras serían completamente indescifrables. Una de ellas llegaba a preguntar la cantidad de artículos que tenía la sección tercera de una ley.
Yo agradecí el preaviso, que llegó de los examinados en anteriores días y me ahorró la desagradable sorpresa, pero no dejó de escandalizarme el descaro de la estafa. 
En el momento en que pasé las páginas del test, pensé en los maratones de baile de la Depresión.


Durante aquella época tan dura en Estados Unidos, se popularizaron una serie de concursos, donde el premio se conseguía a base de aguantar bailando más que nadie. La necesidad de ganar por todos aquellos que deseaban dinero y fama hacía que el maratón durase días y días.
Una novela escalofriante de Horace McCoy, "¿Acaso No Matan a los Caballos?", ambienta su trama en el sórdido microcosmos que se creaba en esas competiciones, llenas de desgraciados que se quebraban en las pistas, mientras las voces de los megáfonos les arengaban a continuar.


La memorable adaptación cinematográfica que Sidney Pollack realizó en 1968 capturó todo el horror de esos concursos, donde el último veneno se contaba cuando salía a luz que el concurso estaba amañado de antemano.

Michael Sarrazin y Jane Fonda en "They Shoot Horses, Don't They" (1968)

Por mucho que bailes, ya han elegido a dedo al ganador. Por mucho que estudies innumerables leyes, este concurso está amañado.
Como en un maratón de baile, nadie protestó en el examen. Los que acudieron el primer día lloraron, se desesperaron, juraron con la impugnación y volvieron a casa rebozados de derrota. 
Nosotros, no. Simplemente, lo hicimos. Yo, de hecho, había dormido muy plácidamente la noche anterior. 
Servidor

Cuando me enteré de que el examen sería imposible, supe que no estaba en mi mano. Que el maratón de baile ya estaba ganado. 
Mejor dedicaba mis pies a otra cosa, llenaba la quiniela - la hoja de respuestas tenía toda la estética de una lotería - y me olvidaría de todo el asunto, para entregarme pronto a otros quehaceres.



Pero ni en el momento en que me distancié del examen, en que lo observé desde arriba, a través del espejo, bajo las luces que concedemos los escritores a toda realidad, ni en ese momento, dejé de sentirme soberanamente tonto. 
Porque yo había creído en algún momento que ese maratón de baile se podía ganar por méritos propios. Que yo lo podía ganar, mientras estudiaba toda esa bazofia legislativa, mal escrita, inútil.
Esa mierda de reglas, decretos e instrucciones que sólo sirve de socorrido soporte para arquitrabar el poder, la burocracia y los sistemas estafantes y aborregantes de la Administración pública, esa en la que se insertaría alguno de todos los aspirantes que esperaban a las doce, mirando hacia lo alto de la escalera, llamados por la voz del altavoz, sentados en la colmena, bailando sin descanso. 


Estudiando, estudiando, memorizando, perdiendo el aliento, confiando en el mañana, en aprobar.
Bajo la promesa de la estabilidad, en pos de la mentira del orden, bebidos de la ilusión de que es un servicio público, cuando es sólo un maratón de baile atroz por estúpido, que disuade a unos de otros maratones, que mete miedo al resto para el siguiente, en ese siguiente para cuya preparación habrá muchos que contarán el número de artículos que tiene la sección tercera de aquella ley y lo repetirán al dormirse. 39, 39, 39. 
Esperando acordarse, para marcar la X en la respuesta correcta, para que los llamen al segundo examen, para que aprueben, para que trabajen, para que den gracias al Estado por concederles aquello que es, sencillamente, su derecho.

Gran obra de humor

Yo, en la colmena, podría sentirme distinto. Pero hay tanta gente en esta colmena, que quizá haya muchos como yo. Unos vivalavida que, a veces, necesitamos ese tipo de penitencias. Experiencias que nos vienen bien. Simplemente, pasaremos página, miraremos hacia otros horizontes y pondremos, quizá, por fin, nuestro talento a funcionar.
Pero aquellos que sólo tienen eso, los que todavía se abrigan en la débil confianza de conseguirlo, los que tienen hijos y perdieron el valioso momento de estar con ellos por tener que estudiar las leyes que jamás se ha leído ni su puta madre, para los que agarraron ese examen como si fuera el carné de baile del más brutal maratón de sus vidas.
En las caras y existencias de todos ellos, es donde está la injusticia. Porque hay tanto que se pierde, porque hay tanto que no se puede recuperar. El tiempo, la paciencia, la energía, la fe.


A la hora y media de comenzar el examen, el altavoz anunció que el examen había terminado. "¿Vale? ¿Eh?"
En un solo sonido de sillas, todos nos levantamos y nos apresuramos a las salidas. 
De ser un cuerpo, de ser reducidos a ganado por cuestión de protocolo y organización de masas, recuperamos la libertad cuando nos dio el sol de la tarde, disgregándonos, tomando distintos caminos, internándonos de nuevo en la gran ciudad.
Volvimos a casa, que esa siempre es la respuesta correcta. 

4 comentarios:

  1. Qué bien lo has relatado, guapo, cómo me identifico contigo...

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  2. Qué terribles son las oposiciones y todo lo que las rodea. Al menos ya ha terminado.

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  3. Tres he sufrido. No exactamente como las suyas, pero con prácticos de Geografía, Historia y Arte de morirse. Y otras lindezas.

    Todo mi ánimo :)

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  4. Creo que sería redondo redondo, si el tema tratado no tuviera tantos pinchos.

    Sin olvidar la inolvidable Tiempos modernos, debo agradecer tu comentario por aclararme tan bien el título original de la novela...nunca pensé tanto en los pobres caballos...pero con lo del ganado opositor queda claro para siempre...
    Y volviendo a la maravillosa y cinematográfica versión, diría eso de "sentad, sentad, malditos"!!!

    Por cierto, supongo que no hay "post dedicados", pero me gustaría que versionaras a ese animal llamado Jane Fonda....

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