martes, 28 de mayo de 2013

La Belleza Según Gregory Peck

 

Hombre de mil bellezas y múltiples pantallas, Gregory Peck fue la figura de una bondad a la que ampararse sin desconfiar.
Mientras otros héroes de la pantalla representaban un paternalismo decadente y reaccionario, Gregory vino a significar su superación progresista. Era un hombre nuevo, un padre mejor.
Acusado de intérprete insípido por muchos críticos, Gregory Peck como estrella de Hollywood tampoco fue precisamente el rey de la fiesta. 
Aún así, su mirada y su intuición se las arreglaron para convertirlo en uno de los actores más amados del cine norteamericano.
Quererlo era inevitable. Su magnetismo residía en algún lugar entre la calma de su honestidad. Ese gesto tranquilo y firme, lleno de naturalidad, y esa voz grave, envolvente, despedida desde los labios gruesos y sensuales. 
Gregory, alto, altísimo, con cierto toque de adolescente eterno, era guapo también por fuera. 
De una belleza casi imposible, que le abrió las puertas de Hollywood y contaría gran parte del interés por él.


Sus villanos se pueden enumerar con los dedos de una mano, porque al público le gustaba Peck tal como era, tal como se contó, tal como se imaginó a sí mismo: bondadoso, heroico, noble, una brillante imitación a Dios que tuvo su refugio en un puñado de grandes películas.
Como todos los actores, no fue tanto lo que desprendió como los lugares donde pudo hacerlo: las películas en las que su ideario y su hermosura encontraron el nicho que buscaban. 


El camino al estrellato se dijo duro y quién podía predecirlo cuando se llamaba Eldred Gregory Peck, nacido en California, en el seno de una familia católico-irlandesa.
Eldred Gregory creció entre las convulsiones del divorcio de sus padres, que aseguraron inestabilidad. Peck fue criado por su abuela y se dijo libre e inquieto entre múltiples profesiones, aún con la interpretación como esa luz que no podía ver su juventud.
La misma juventud que lo llevó al campus de Berkeley, universidad donde se apeó para ser médico y salió convertido en actor.


Se libró de Eldred, pero aún no era Gregory Peck, sólo el pobre Gregory Peck, que había trabajado en la cocina del campus para costearse la matrícula. Entre los platos, la hermandad y las tablas, así creció y el siguiente destino fue Nueva York.
Contó que llegó a dormir en Central Park mientras buscaba trabajo. Lo quisieron como modelo, y se le podía ver como guía del Radio City Music Hall.
Broadway lo llamó y la guerra fue su irónico golpe de suerte. Una lección de baile implicó lesión en la espalda, lo que lo libró del servicio militar. 
Las obras teatrales, necesitadas de hombres en tierra, lo reclamaron largamente durante toda esa primera época.


Su salto al cine vino mediado por el interés de dos fuerzas del cine de los años cuarenta. Darryl Zanuck, el jefe de la Fox, y David O. Selznick, el jefe de David O. Selznick.
Fueron los que lo colocaron en sus películas de renombre, las que esculpieron el factor Peck, y el público, con un severo síndrome de Stendhal ante Gregory, respondió que sí.
El cura misionero de "Las Llaves del Reino" fue el verdadero inicio de esos héroes tranquilos, pero resueltos, con la verdad emanando desde los ojos hasta los zapatos. 

"Las Llaves del Reino"

Gregory era la presencia sin aspavientos, la técnica sin manierismos. Muchos opinadores decían que no tenía vida en escena. Él siguió adelante.
"Duelo Al Sol", orgía de colores y excesos, sólo posible por Selznick, lo presentó villano en un intento de deshacer el estereotipo. 
Como malvado, estuvo de lo más sexy y se comprende la decisión final de Jennifer Jones. 

Como Lewton en "Duelo Al Sol"

Sin embargo, entre el varapalo de la crítica a la película y el desconcierto de la audiencia, Gregory volvió a ser Gregory. Esta vez, para siempre.
Selznick también lo reclamaría para dos intrigas de Hitchcock: la freudiana "Spellbound", donde era un amnésico tan desvalido como inquietante, y "El Proceso Paradine", en la que su papel de señor recto y ecuánime se las veía delante de sórdida intriga. 

Con Ann Todd en "El Proceso Paradine"

Sus películas se dijeron eclécticas desde el principio y las décadas lo contemplaron a lo largo de los géneros, en frente de todas las actrices, siempre fino, guapo, bien vestido y con ese vozarrón como inconfundible carta de presentación. 

"Twelve O'Clock High"

Su poderoso físico imponía y bien lo sabía. 
Gregory interpretaba todas las escenas de acción y le dio tal puñetazo a Robert Mitchum en el clímax de "Cape Fear", que éste se estuvo doliendo durante días.

Como el Capitán Hornblower en "El Hidalgo de los Mares"

Los niños lo amaron en las aventuras: fue el hombre de Boston para "El Mundo en Sus Manos" y el Capitán Horatio Hornblower para "El Hidalgo de los Mares".
Cuando viajó a Roma y conoció a su inminente compañera de reparto, supo que aquellas vacaciones eran de Audrey y de nadie más. 
En "Vacaciones en Roma", condujo a la pequeña Hepburn directa al Oscar y la inmortalidad.

Con Audrey Hepburn en "Vacaciones en Roma"

Pero sus empeños más personales, aquellos que definieron el sendero por el que el corazón de Peck navegaba generoso, se vistieron de ambición e incomodidad.
Gregory fue el protagonista de "Gentleman's Agreement", oscarizada denuncia contra el antisemitismo, hoy bastante avejentada, nada en comparación con el revuelo que armó en su día.
Peck también se mostró antibelicista en "Los Cañones de Navarone", dio una nueva imagen de la violencia del Oeste para "El Pistolero" y ofreció un meritorio esfuerzo interpretativo como el fanático Capitán Ahab de "Moby Dick". 

Ahab en "Moby Dick"

En sus años de gloria, Peck, como sus personajes, denunciaba sin perder la calma. 
Mostró su desagrado ante las listas negras de McCarthy, lideró todas las causas civiles, se le reconocía humanitario y, durante toda su vida, sus opiniones fueron tan firmes como intransferibles. 
Atacó la intervención en Vietnam, prendióse del brazo de Jane Fonda y se le llegó a ofrecer una carrera en política como candidato para el Partido Democráta. 
En los ochenta, cuando le preguntaron por los derechos de los homosexuales, dijo que faltaría más.


El papel esencial de Gregory Peck, el que le concedió el Oscar largamente esperado, fue cosa de 1962: Atticus Finch en "Matar un Ruiseñor".
En el caldeado ambiente racial del Sur estadounidense, el abogado de las gruesas gafas se permite defender a un afroamericano en juicio por violación.
La película, un absoluto heartbreak, quedó en las llorosas retinas, que no olvidaron a Peck en el porche con Mary Badham, disparando al perro rabioso o dándose la vuelta para esconder las lágrimas de la vista de sus hijos cuando se entera de la trágica noticia.
Él dijo que lo dio todo por y para Atticus: lo que era, lo que había sido, lo que había experimentado, lo que opinaba de la vida, lo que esperaba del mundo.

Como Atticus Finch en "Matar Un Ruiseñor"

Pocos premios han sido tan merecidos y pocas películas son tan inmarchitables como "Matar Un Ruiseñor". Fue también la prueba de que el secreto de los actores de cine se cuenta al final: es la profesionalidad lo que los hace realmente impecables.
El tiempo y las necesidades familiares, junto a una sucesión de películas decepcionantes, lo derivaron más esporádico y, como sucedió con muchos actores de su generación, los setenta fueron una década de inflexión e indecisión.
Cuando parecía un peso muerto en la taquilla, se permitió un retorno como el padre de Damien en "La Profecía", si bien su interpretación fue abucheada.
Otro abucheo lo recibiría con un cambio de registro tan tardío como equivocado: el doctor nazi de "Los Niños del Brasil", título que diría haber aceptado por el deseo de trabajar con Laurence Olivier.
Los ochenta lo vieron distinguido, canoso y aún mortal de necesidad, mientras vivía entre apariciones televisivas y retornos puntuales al cine, ya con la estela del icono hollywoodiense de tiempos pretéritos.


Casado en dos ocasiones y con un total de cinco pequeños Peck, éstos le darían tantas alegrías como tristezas. 
El mayor, Jonathan, llegó a suicidarse. 
Stephen batalló en Vietnam, primero contra los deseos de su padre, luego con su apoyo, al final sustituyéndolo en las causas políticas de la familia.
Gregory Peck, como gran padre para el mundo, veló a sus hijos, los lloró, los entendió, los cuidó. 
En 2003, tenía unos respetables 87 años y su residencia se decía en Los Ángeles. Una bronconeumonía era el modo en que la muerte se llevaba al bello y bueno Gregory Peck.
A su entierro, llegó Brock Peters, el actor que había interpretado al afroamericano de "Matar Un Ruiseñor". 
Fue quien leyó las necesarias palabras de despedida en el funeral de un señor guapo, de un hombre cojonudo, de una gran estrella de Hollywood.


Decían que no tenían vida, cuando la tenía toda. 
Gregory Peck ganó por su franqueza y la limpieza de sus convicciones, asuntos que los espectadores intuyeron y adoraron cuando que lo vieron entrar por la puerta.
Y, como pocos, salió por la otra sin despeinarse, sin que la vida lo quebrara, con la sensación del trabajo cumplido. 
Una hermosura de caballero, desde la primera película hasta el último día.

3 comentarios:

  1. Es total y absolutamente imposible no adorar a este hombre.
    Besotes!

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  2. A veces consigues que veamos la película por detrás de la pantalla, pero siga siendo igual de esplendorosa...

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