miércoles, 2 de julio de 2014

Gays de Mi Celuloide


El espanto de las audiencias contó las crónicas de la represión, más que nunca en el cine, donde el sexo quedó atrapado en la red de aquello que todos repudiaban, aunque sus ebullientes psiques deseaban ver, bajo licencias del decoro, la insinuación y la  puerta cerrada.
El mundo ha cambiado mucho, sí. Y lo que era etiquetado como una trágica desviación hoy es el tema a abordar, el público a seducir y la corrección política que cumplir. 
Homosexualidad, bisexualidad, transexualidad, travestismo, o el desafío de la cultura del género y los roles fijados para el hombre y la mujer. 
El deseo por el mismo sexo devenido en el magno problema: cuestionar las instituciones familiares clásicas y esa noción de los seres humanos como entes productivos, listos para procrear y entregar nuevos elementos a la sociedad.


La erradicación de la homosexualidad a fuerza de reducirla a un tabú nace precisamente del mismo proceso que los otros tabúes: de la noción de que no significa nada, que no trae bueno y que supone un conflicto para las establecidas normas de la organización social.

Lars Hanson y John Gilbert en "El Demonio y La Carne"

Tanto la sociedad como el cine la consideraban el terreno de lo bizarro, de lo oscuro, de lo raro. La palabra "queer" tuvo mucho tiempo un doble significado: "extraño" y "marica".
Si todo ha cambiado, es innegable que los homosexuales han estado presentes en el cine. El homoerotismo aún más, hasta el punto de que es un estilo reconocible desde el cine mudo hasta los estallidos intencionados y no intencionados del camp.
Como cualquier "minoría", el retrato ha navegado entre lo desfavorecedor, lo nulo y lo condescendiente. Como problema nunca entendible, el gay y la lesbiana han sido motivo de mofa, de caricatura o de recurso grandguinolesco.

Daniela Bianchi y Lotte Lenya en "Desde Rusia Con Amor"

A lo largo de la Historia del Cine, e incluso cuando se han abierto las aguas para los personajes homosexuales con identidad y orgullo reconocibles, se impone un ribeteo de melancolía sobre los relatos. En general, la vivencia de la homosexualidad que nos cuenta el cine es triste, termina en tristeza o despunta desde una tristeza. Los gays y las lesbianas lloran mucho en las películas, incluso hasta en la comedia más petarda, y sufren horrores por el amor que nunca encuentran.
Prepárate a ser diferente, sentencia el celuloide, cambiarán las épocas, pero llorar, mi querido mariquita, mi inasequible bollera, siempre será el precio.


Existe un gran documental, de incalculable valor, llamado "El Celuloide Oculto" que, en plenos y decisivos años noventa, registraba la historia de Hollywood para encontrar subtextos, ironías y personajes homosexuales.
Como cualquiera que le eche un ojo intensivo al catálogo de los ayeres, sorprende encontrar más homosexuales de los que pensaríamos de la época previa a Stonewall. Es la realidad que se sospechaba: que fuera un tabú no significa que no existiese ni se viviese ni que la sociedad lo desconociese.
El Código Hays fue piedra de toque en temas de permisividad, y en su cuarto precepto, considera totalmente prohibido "cualquier inferencia de perversión sexual". 
Entendida como una desviación, la relación con personas del mismo sexo quedó borrada de los planes de cineastas norteamericanos. Pero no sólo la manifestación de la homosexualidad, sino el registro de cualquier tipo de ternura entre hombres y de complicidad entre mujeres.

"Alas"

Véase esta secuencia de "Alas", la primera película que ganó el Oscar, donde los soldados amigos se despiden entre besos y abrazos. Una secuencia preciosa para rematar una película preciosa, que habla de amor, camaradería y amistad. Después del Código Hays, no hubo cosa parecida durante muchos años.
En la época pre-Code, es divertido encontrarse líneas que aluden a la homosexualidad de sastres y diseñadores como sucede en "El Enemigo Público" o en "Dama Por un Día".
- ¿Ese hombre va a entrar mientras se desviste la señora?
- Es Pierre.
- Ah, es Pierre.
Matizando adecuadamente ese "Pierre".

"Dama Por Un Día". A la derecha, Pierre.

La llegada de Will Hays a la aduana peliculera mató a Pierre, pero sobrevivieron algunos personajes mariquitas. 
Franklin Pangborn, presencia imprescindible en un centenar de títulos durante los años treinta y cuarenta, solía interpretar a mayordomos, sastres, botones, recepcionistas y otros especímenes del mundo urbano, todos refinados, relamidos y asexuados, a los que los héroes no dudaban poner en su sitio para deleite del público.

Franklin Pangborn

Es el mariquita como snob de ciudad, del que reírse mientras pasa la cinta métrica por la pierna para medir el traje y, de paso, agarrar muslamen a Gary Cooper.
A pesar de todo lo dicho, los años treinta fue un gran espacio para la androginia y divas como Katharine Hepburn, Greta Garbo o Marlene Dietrich jugaban a vestirse de hombres en sus más refinadas películas.
Los galanes de turno reaccionaban encantados. "Oh, por fin, un macho con vagina", parecen decir sus expresiones ante el descubrimiento del bello travestismo.

Katharine Hepburn como "Sylvia Scarlett"

Si se busca homosexualidad en el cine clásico, se puede encontrar hasta donde fue férreamente omitida. Es evidente que en el noir "Crossfire", el leit-motiv es la homofobia, no el antisemitismo. 
La censura borró el peliagudo tema por otro menos peliagudo, pero el propio escenario no cambia: un hombre invita a unos militares a su casa y acaba asesinado.

"Crossfire"

A todo lo que llamaban perversión, vea usted el relamer del mayor perverso, Alfred Hitchcock, cuya galería de villanos se compone de maricas obsesionados con mamá y amas de llaves obsesionadas con sus señoras. La insinuación, a veces, es apabullante. 
Como todo lo concerniente al sexo en este tipo de películas, no está claro en primera línea, pero se hace que el espectador lo sienta, lo entienda, de un modo subterráneo y del todo magistral.

"Extraños En Un Tren"

Hacia el otro lado del océano, la homosexualidad era aceptada en los márgenes estrictamente artísticos. 
En una película tan antigua como la británica "Las Zapatillas Rojas", los bailarines no pueden ser más maricones y la propia imaginería de la película se viste a su altura.

Robert Helpmann y Moira Shearer en "Las Zapatillas Rojas"

En los circuitos surrealistas franceses, llegan las obras de Jean Cocteau, inevitable enseña de la homosexualidad fílmica en forma y fondo, desde "La Sangre de Un Poeta" hasta "Orfeo", mientras en márgenes aún más underground, casi de porno doméstico, floreció la única película de Jean Genet: el corto "Un Chant D'Amour", poética sobre el amor gay en una prisión.

"Un Chant D'Amour"

De vuelta a Hollywood, las cosas cambiaron a lo largo de los años cincuenta, entre la neurohisteria y las contradicciones de la época que dio a Doris Day, pero también a Tennessee Williams.
Nicholas Ray ya abordó el gay perseguido y romántico con su Plato de "Rebelde Sin Causa", pero "Johnny Guitar" apretó las tuercas con un fabuloso cambio de roles en el género más heteroviril que existe.
Es un clásico gay, no sólo por el conflicto psicosexual entre todos sus protagonistas, sino por el estilo de la película y el simple aspecto de Joan Crawford, maquillada como un mimo y rara, rara, rara como un queer.

Joan Crawford en "Johnny Guitar"

Su compañero de generación, Gary Cooper, aún tenía aliento para héroes del western, pero, quizá por su presunta bisexualidad, sus últimas películas están recorridas por cierta duda sobre la heterosexualidad del protagonista. 
Sucede en "El Árbol del Ahorcado", donde se siente más tensión sexual entre Gary y Ben Piazza  - actor abiertamente gay, por cierto - que con Maria Schell. 
Y en "El Hombre del Oeste", hay una secuencia donde uno de los villanos es desnudado, arrastrado por el suelo y humillado en la escenificación bajo coartada de una violación homosexual.

"El Hombre del Oeste"

La llegada de los dolientes gays de Tennessee Williams se tropezó con el aún vigente Código Hays y muchos quedaron entendidos - o naufragados - al doble sentido. 
Fue también la entrada del tema clásico del homosexual que se suicida o es asesinado en el último acto. El gay y la lesbiana como conflictos magnos en una sociedad que los repele de raíz, cuando no pasa por analizarlos freudianamente.
Los primeros homosexuales del cine norteamericano y británico que conocimos en los años sesenta irrumpían en medio de chantajes, deudas del pasado y escandalosas revelaciones de última hora. 


Desde que nos enteramos que Capucine y Barbara Stanwyck han tenido más que transacciones financieras en "La Gata Negra" hasta que oímos que Ricardo Corazón de León durmió con el Delfín de Francia en "El León en Invierno", se contó la boca en O del nuevo público, la necesidad de romper con el Código y la resolución de que este no es mundo para maricas.
El primer bar gay del cine norteamericano se vestía de esa psicosis del soborno y el pasado cobrador. 
Le sucedía a Don Murray en "Advise And Consent", aún así, un hito en el retrato de la vivencia homosexual verdadera y, de nuevo, la ratificación de que no hay nada nuevo bajo el Sol.

"Advise And Consent"

En España, el asunto era tan foráneo al pensar de la era franquista que una película inefable pasó desapercibida por los censores del régimen. 
Se llamaba "Diferente" y la censura no pareció objetar el tono de la película ni las delirantes coreografías, con imaginería macho y mucho tutú.

"Diferente"

Inglaterra demandaba los aires del Free Cinema y ahí está uno de los primeros gay realistas: el Geoffrey Ingham de "Un Sabor A Miel", al ritmo que el homoerotismo volvía ponerse de moda con la lucha desnuda de los dos hombres de "Mujeres Enamoradas".

Alan Bates y Oliver Reed en "Mujeres Enamoradas"

Los años setenta trajeron la liberación sexual a las pantallas, y ahí entraban "Los Chicos de la Banda", o la llegada de la sociedad gay de San Francisco, pujante, agridulce, divertida, llorona, nostálgica y con tendencia al playback.

"Los Chicos de la Banda"

Retratos más complejos de la homosexualidad se vestían de melodrama postsirkiano con el alemán Rainer Werner Fassbinder y se bebían de ancestralidad, antropología y belleza irrebatible con Bernardo Bertolucci.
Fuera en las sombras de "El Conformista" o en las luces de "Novecento", donde el sentimiento entre hombres nace de la propia fraternidad, de la necesidad de acercarse al otro y del miedo a ser como él.

Gerard Depardieu y Robert De Niro en "Novecento"

La paranoia restó y aún no había llegado el "cáncer marica", cuando apareció la película diletante - y dilatante - sobre el ambiente gay: "Cruising", dirigida, curiosamente, por William Friedkin, el mismo que adaptó "Los Chicos de la Banda" al cine.
Malentendida en su momento, quizá porque llegó cuando se iniciaba la necesidad de una corrección política en estas cuestiones, es cierto que "Cruising" nace del temor homófobo a convertirse por proximidad, pero su discurso es más complejo y su relato ofrece menos concesiones.
No es ni siquiera una película sobre la homosexualidad, aunque retrate su lado más desmadrado; es un drama sobre la ruptura de los límites mentales con respecto al sexo y el terror del abandono de lo que se considera moral, higiénico o procedente.
Una película imperfecta, pero interesante, que ha terminado por ser un mito entre la cultura que la consideró repudiable en 1980.

Al Pacino en "Cruising"

La década tenía reservado un problema más grande que "Cruising" y las temidas siglas de la destrucción inmunológica eran también terror del cine que, de nuevo, debía ajustarse las lentes y ver qué hacer. Ignorarlo y tratarlo con celofán volvieron a ser las hipócritas respuestas.
Dramas comprometidos aparecerían en cuestión de unos años, primeros testigos del cine homosexual indie norteamericano, bastante irregular, aunque generalmente sincero y siempre contra viento y marea.
De esa corriente, nacería Gus Van Sant, que entregaría la ultratrístima "Mi Idaho Privado", donde dos heartthrobs de Hollywood no tuvieron complejos en besarse y decirse "te amo, tío".
Entre Rose Troche y el colorido de "Priscilla, la Reina del Desierto", se llenaban las revistas de cine con la sensación de que la antigua perversión era ahora la curiosidad del mundo. ¿Es verdad que sentíamos más que nadie? ¿Quién podía contarnos mejor? ¿Nosotros o cualquiera? ¿Aisladamente o formando parte de la sociedad? Preguntas, preguntas, preguntas, aún sin resolver.

"Las Aventuras de Priscilla, Reina del Desierto"

Aún sin resolver están muchas reacciones del público. Recuerdo con especial desagrado "Mejor... Imposible", una película estomagante donde Greg Kinnear interpreta a un patético gay apaleado. Quizá mi desagrado venía rematado por las carcajadas de la audiencia cada vez que Jack Nicholson le decía "maricón". Una y otra vez.
Carcajadas del público que también se oyeron cuando Jake Gyllenhaal y Heath Ledger se reencuentran en "Brokeback Mountain" y se dan un morreo apotéosico. 
Todavía hace gracia e incomoda que dos chicos se besen. "Son tan monos", pensarán algunos.

Jake Gyllenhaal en "Brokeback Mountain"

La pregunta, de nuevo: ¿Quién nos retrata mejor? ¿Ang Lee o los indies? ¿Tom Ford o Clint Eastwood?
El cine gay, sea devenido en melodrama hollywoodiense o limitado en trapito independiente, es como cualquier otro: el azaroso recorrido por contar algo. Afinar, desafinar o aburrir hasta las moscas, ahí bailan propios y extraños.
¿Ayuda la corrección política? Como toda, sirve como el paraguas que se ponen muchos para protegerse de los aludes de mierda de nuestros enemigos. Protege, sí, pero impide ver el sol.
¿Socorre la comercialización de la homosexualidad, su estetización, su introducción en la sociedad a través de la heternormatividad? Esto sí que no. No ayuda una mierda.

"El Desconocido del Lago"

De Francia, han llegado dos pequeñas grandes películas en los últimos años: "El Desconocido del Lago" y "La Vida de Adele". 
Son ejemplares, por su contundente realismo, por la sinceridad del discurso y por el compromiso de la experiencia individual que ofrecen. Saben de lo que están hablando y afinan con belleza.

"La Vida de Adele"

Y cuentan otra vez lo que cuenta el cine sobre nosotros: oh, tan hermosos, oh, tan desnudos, oh, tantas lágrimas.
Aventuro que las mejores imágenes sobre gays, lesbianas y demás dandys del amor no sólo aspiran a testimoniarnos con rigurosidad, sino también a ofrecer un espejo elocuente donde mirarnos y entendernos, con el que calibrar victorias, asumir fracasos y mejorar para el mañana. 
Y para luchar, claro. Siempre para luchar.

1 comentario:

  1. Excelente entrada, como siempre. He visto casi todas las pelis que mencionas, y sobre "Diferente" aún me divierte imaginar qué parte de la trama y las imágenes no entendieron los censores para no darse cuenta de lo que estaban aprobando, jeje, se entiende de otras pelis en que el subtexto gay es más sutil, pero en esta, que todo es tan evidente, debieron pensar que se trataba de Un Americano en París a la española y por eso no la enlataron.

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