viernes, 30 de noviembre de 2012

"Furtivos"


La muerte de una personalidad tan decisiva en el cine español como José Luis Borau obliga a rememorar su filmografía, fruto de una obra corta y esporádica, pero siempre interesante.
En ella, y después de tanto tiempo, continúa brillando aquel título que lo consagró, aún su película más especial y significativa: "Furtivos".


Obra crucial, tanto por su condición de divulgable clásico como por su importancia histórica, "Furtivos" veía la luz dos meses antes de la muerte de Franco. 
Desde su concepción, se vivió como un desafío a todos los niveles. 
Una vez terminada y vista, la censura se decía alarmada ante la intensidad y erotismo de ciertas escenas. Borau se negó a cortarlas, por lo que la condena y el ostracismo parecían el siguiente paso.
Pero el reloj ya marcaba 1975. Si la polémica cerraba algunas puertas a "Furtivos", su triunfo en el Festival de San Sebastián y su inesperado éxito de taquilla le abrió otras tantas.
Como obra luchadora y superviviente, se erigía en valiosa pieza de la Transición, que narraba la parálisis cultural y la gangrena social del país devenido del régimen.


"Furtivos" se vale del drama rural para establecer una mirada a la España profunda, esa que se cuenta desde el dominó, la caldereta y la puta miseria.
El protagonista es Ángel, un joven cazador furtivo, que trampea ilegalmente en la montaña. Allí vive con su madre, Martina.
Martina, la vieja bruja, no verá con buenos ojos la nueva adquisición de su retoño: Milagros, una chica fugada de un reformatorio religioso.
Ángel se casa con Milagros y la instala en la casa, ante el disgusto de la madre, destronada de su papel de mujer decisiva.

 

El relato se revela perverso y sórdido, pero también poético y exquisitamente sutil, cuando termina por destapar la olla más pestilente de la vida de Martina y su hijo. Son furtivos por cazadores y son furtivos en sus secretos.
La película se revela como una revisitación de la tragedia de Edipo, además de una mirada a la negrísima realidad del incesto y el abuso como los auténticos precios de la represión y la incultura.


Como muchos dramas producidos en España durante aquellos tiempos, "Furtivos" se vale de la metáfora para ajustar cuentas con el franquismo.
El "mondo facha" aparece representado en ese Gobernador civil - interpretado con especial delectación por el propio Borau -; un hombre infantil y estúpido, pero avasallante y cruelmente autoritario. 
Como ya había hecho Carlos Saura en "La Caza", la secuencia de una cacería es el escenario clave de la simbología.


El Gobernador es un espejo del mismo Franco, poderoso indisputable a pesar de su flagrante imbecilidad. 
Que Martina haya sido su ama de cría, que lo llame "mi rey" y que le sirva la comida sin rechistar convierten a la madre en el símbolo de la propia España; obediente, frustrada, atrasada, árida, tan devoradora como devorada. 
Martina sujeta con sus garras a su hijo, así como la sociedad española ataba en corto a su juventud, y reacciona con violencia cuando Ángel se acerca a la liberación, representada por Milagros, la chica polucionante, volátil, inasible, el soplo de aire que se atreve a entrar en la casa viciada.
Los seres de "Furtivos" escenifican un traumático choque de fuerzas, que desemboca en conclusión melancólica. 
La última imagen representa el dolor de lo perdido y nunca recuperable, el sentimiento fundamental de la generación aludida.


Además de su complejidad temática y simbólica, donde realidad política, denuncia social y cuento de hadas se dan la mano, "Furtivos" es una obra que debe mucho de su distinción a sus actores, desde la cara impagablemente tristona del cantautor Ovidi Montllor hasta el tour-de-force de la inconfundible, magnífica Lola Gaos.
No hay duda de que "Furtivos" es Lola Gaos; de hecho, Borau siempre dijo que la propia actriz supuso su inspiración al verla como Saturna en "Tristana". 
De Saturna, pensó en Saturno devorando a sus hijos y nació el germen de esta historia de madres miserias y animales atrapados.


"Furtivos", película dura y sin concesiones, también aparece fascinante y cautivadora. 
Su rica simbología puede pasar desapercibida por muchos espectadores actuales, pero la visceralidad de lo que cuenta se mantiene intacta a través del poder de sus imágenes. 


Podría decirse que el auténtico cazador de "Furtivos" siempre fue el mismo Borau y sus presas, nosotros.

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